Acequías y aljibes; sobre agua, tecnología y dominación

Un andaluz irredento :.

Recientemente, la editorial Pepitas de Calabaza ha sacado a la luz el libro “España en el corazón. Actas de la guerra social en el estado español (1868-1988)”. Se trata de una segunda recopilación -la primera fue publicada por la misma editorial en 2003- de escritos del grupo revolucionario francés “Os Cangaceiros”. En este nuevo volumen, se han recogido los textos del citado grupo referidos a diversas luchas sociales acontecidas en España. El primero de ellos aborda la historia del “anarquismo andaluz” desde 1868 hasta el inicio de la guerra civil. Forma parte a su vez de otro libro aún inédito en España: “El incendio milenarista”, de Yves Delhoisie y Georges Lapierre, del cual Pepitas nos avanza que “la intención de los autores es reivindicar la vigencia de las aspiraciones milenaristas”.Hay que decir que en la redacción de estas páginas los dos Cangaceiros mencionados no anduvieron demasiado finos. Tampoco lo han estado los compañeros de Pepitas a la hora de seleccionarlas para un libro, “España en el corazón”, que por lo demás me parece impecable en forma y contenidos. La siguiente crítica no la realizo con ninguna pretensión de profesionalidad académica, sino desde el interés militante por una historia, la de las luchas sociales y revolucionarias, de la cual formamos parte.Supongo que un idéntico interés movería a Delhoisie y Lapierre a escribir sobre el “anarquismo andaluz”. Pero si bien muchos historiadores de oficio suelen encubrir su incompetencia bajo el manto de su supuesta profesionalidad -para algo pertenecen a una institución, la universidad, que detenta el monopolio del conocimiento-, a nosotros el interés militante no debe excusarnos de abordar nuestra propia historia con el máximo rigor posible: “el conocimiento / la pasión no quita”, reza una copla flamenca. De lo contrario, acabaremos como ciertas organizaciones que elaboran una historia de sí mismas tan edulcorada que ni los niños de doce años podrían creerla. Sólo sus militantes, cegados por la ideología y formados generalmente en la pereza intelectual, son capaces de creer que esa historia carece de elementos conflictivos, contradicciones, tropiezos, errores y miserias de todo calibre.Pero el defecto del texto que nos ocupa no es éste. Es más bien que sus autores, partiendo de un obvio desconocimiento, se consagran con una inconsciencia asombrosa a reproducir todos los tópicos y falsedades urdidos por una cierta historiografía académica sobre los anarquistas andaluces, o lo que es peor aún, sobre los andaluces a secas.

I

El problema, en primer lugar, son las fuentes a las que recurren: Juan Díaz del Moral, Gerald Brenan y el inefable Eric Hobsbawm. Difícilmente se podrían haber elegido peores compañeros para este viaje. La monumental obra de Díaz del Moral, “Historia de las agitaciones campesinas andaluzas”, publicada en 1929, es el clásico por excelencia en la materia dado que es extremadamente exhaustiva y cuenta con una muy sólida base documental. Es un trabajo muy serio, pero se resiente de la perspectiva del propio autor, un acomodado burgués para quien el campesino, pese a tenerlo tan cerca, era un ser completamente extraño. Díaz del Moral era muy ajeno a la realidad de la que pretendía dar cuenta. Los jornaleros y militantes con los que intentaba trabar conversación se cerraban siempre en banda, por la sencilla razón de que lo veían como un enemigo de clase. De ahí que acabara llenando muchas lagunas interpretativas con los prejuicios propios de su medio social acomodado, aunque no partiera de una hostilidad a priori contra los campesinos.

Con respecto a Gerald Brenan, se ha señalado acertadamente que su mirada sobre los asuntos andaluces se asemeja más a la de un viajero romántico del siglo XIX que a la de un estudioso de lo social. A su estela se acoge Eric Hobsbawm, que lo tomó como principal fuente autorizada a la hora de escribir su capítulo de “Rebeldes primitivos” dedicado a los campesinos anarquistas andaluces. Esta obra sentó cátedra a su vez, y en ella se han basado los despistados Cangaceiros.

El caso de Hobsbawm, que como tantos otros ha pasado de estalinista a socialdemócrata sin despeinarse demasiado, es particular y merece detenerse en él. Su altar en la Academia se lo debe al hecho de haber abierto para la historia social novedosos campos de estudio, pero en ningún momento dejó de adentrarse en ellos desde una férrea, pesada y estéril ortodoxia marxista. Se diría que la infalibilidad que durante muchos años pareció emanar del Kremlin le excusaba de documentarse: su guía teórica le obligaba por fuerza a tener razón. Ello se traduce en un repelente tonillo de suficiencia, y en cosas peores. Ocurre, por ejemplo, que su tratamiento del “suceso” de Casas Viejas ruboriza a cualquiera que tenga un conocimiento mínimo sobre el tema, debido a que distorsiona severamente los hechos a fin de hacerlos encajar en un esquema teórico preconcebido. Así lo ha demostrado Jerome Mintz, autor del mejor estudio sobre el tema. Por lo demás, a Hobsbawm le cuesta disimular un feroz odio sectario cada vez que saca a relucir al anarquismo. Cuando esto ocurre, abandona repentinamente el tono riguroso y “científico” de los historiadores, y se rebaja hasta grados increíbles de zafiedad condescendiente. Para muestra un botón; he aquí como explica Hobsbawm, en su libro “Bandidos”, la desesperada y solitaria resistencia de Quico Sabaté: “Así como hay ciertas mujeres que sólo son plenamente ellas mismas en la cama, así hay también hombres que sólo se realizan a sí mismos en la acción” (pág. 137 de la edición de Crítica, 2003). Huelgan comentarios.

II

Con semejantes mimbres no podía hacerse nada bueno, y no lo han hecho Os Cangaceiros, tan lúcidos en otras ocasiones. Demos un somero repaso a los tópicos que contribuyen a perpetuar. Parten de la noción de una España “precapitalista” que hasta el siglo XIX habría sido un paraíso cuasi-comunista, con la Iglesia siempre del lado de los pobres y defendiendo a machamartillo un “ideal igualitario”. Esta visión idealizada, más que discutible, es desechable, pero tiene la virtud de justificar la posterior expansión del anarquismo: éste se habría instalado entre el campesinado andaluz sobre los raíles ya trazados por una especie de cristianismo de base, profundamente arraigado durante siglos.

Al ponerse la Iglesia del lado de los ricos en el curso de las agitaciones del siglo XIX, los pobres simplemente habrían efectuado una traslación mecánica de su fe, del catolicismo al anarquismo, como quien saca sus ahorrillos de un banco y los pone en otro. Esta tesis ha sido durante mucho tiempo la única explicación dada por la historiografía burguesa a un fenómeno tan complejo como el del anarquismo español. Con una candidez que nos sorprende en dos feroces Cangaceiros, Lapierre y Delhoisie la hacen suya de forma acrítica, porque les viene de perlas para justificar su trasnochada reivindicación del milenarismo.

La historia viene de lejos: Díaz del Moral había comparado repetidas veces el entusiasmo de los braceros anarquistas con el “fervor religioso”, tan fuerte era su confianza en la victoria del ideal. Comparaba igualmente a los propagandistas ambulantes con “apóstoles”, veía en las huelgas un aire “mesiánico”, y venía a decir que la lectura en corro de los periódicos revolucionarios era como una liturgia oficiada por los obreros conscientes, sacerdotes de esta nueva religión. En principio, lo único que esto demuestra es que la cabeza de Díaz del Moral estaba saturada de imágenes religiosas. Pero Brenan cogió al vuelo esas simples comparaciones y les dio categoría de tesis histórica, afirmando que todo el trasfondo del movimiento era religioso y que el anarquismo era, de hecho, la reforma protestante que jamás se había realizado en España. Ocupado como estaba en cuestiones más mundanas, Brenan no se sumergió precisamente en archivos y bibliotecas para fundamentar su afirmación con el rigor que merecía, ni fue al encuentro del movimiento obrero -más allá de su relación circunstancial
con algunos cenetistas- para comprobar si era tan religioso como a él le gustaba creer. Pero creó escuela: la voz de un solo señorito indocumentado se impuso en la historiografía académica a las de decenas de miles de proletarios organizados, lo cual ya dice mucho sobre la historiografía y los intereses a los que sirve.

\r\nLa tesis improvisada por Brenan le venía como agua de mayo a Hobsbawm, que terminó de consagrarla en “Rebeldes primitivos”: el anarquismo era una religión mal camuflada de ideología secular, apta únicamente para campesinos iletrados -por los que profesa un desprecio mal disimulado, hijo bastardo de su origen de clase y su ortodoxia marxista- y que, en definitiva, se desarrollaba en situaciones de “atraso” en las cuales la gente no estaba preparada para asumir los complejos presupuestos científicos y organizativos del socialismo marxista. Dicho sea de paso, su vergonzosa versión del “suceso” de Casas Viejas, sobre el que Jerome Mintz ha arrojado luz como nadie más lo ha hecho, es íntegramente asumida por Os Cangaceiros.

La comparación entre la religión y el anarquismo que profesaban los braceros de la Andalucía occidental entre el siglo XIX y XX es, como mínimo, aventurada. Su impaciencia revolucionaria, su ideal de austeridad -propio del mundo campesino ¿qué otra cosa podían concebir, sin haber conocido más que privaciones?-, su rígida moral, su confianza inquebrantable en la “Verdad” del anarquismo, permiten como mucho trazar analogías con los milenaristas que en el medievo esperaban el advenimiento de la Edad de Oro, o con la realidad de los primeros cristianos. Calificarlos por ello de “movimiento religioso” es como afirmar que el marxismo es una religión, porque trasladó a las ciencias sociales la teleología del cristianismo sustituyendo el Juicio Final por la revolución y el Cielo por el comunismo… Quienquiera que trate a la revuelta del campesinado andaluz de “movimiento religioso” está insultando a la inteligencia de aquellos hombres y mujeres, y negando una áspera realidad que se llama sencillamente lucha de clases.

Por lo demás, nadie nos ha explicado todavía cómo un jornalero fervorosamente católico se levanta un buen día exaltando a la ciencia y al progreso, rechazando el matrimonio, negando la existencia de Dios y firmemente decidido a cortarle el cuello al cacique local. Hecho, en definitiva, un anarquista. Lo que parece más lógico es que el distanciamiento progresivo de los pobres con respecto a la Iglesia y la religión viniera ya de antiguo. El éxito del anarquismo pudo haber radicado, entre otras cosas, en dotar a ese rechazo de un discurso claro, estructurado y coherente. Claro que si aceptamos esta hipótesis estamos atentando contra otro tópico inamovible, el de la exacerbada religiosidad de los andaluces.

Hay que rechazar por tanto la teoría, o más bien el misterio teológico, de la sustitución instantánea de la fe católica por una ideología laica que choca frontalmente contra ella. Hecho esto, se puede admitir que el anarquismo tuvo en sus focos rurales andaluces un desarrollo peculiar, que viene de su adaptación y posterior interacción con una comunidad campesina efectivamente “arcaica” en muchos aspectos. Ello no basta para caracterizar un supuesto “anarquismo andaluz”, rural y criptorreligioso. En primer lugar, el anarquismo tuvo también su dimensión urbana en las ciudades andaluzas. En segundo, sólo logró implantarse sólidamente en las campiñas de Córdoba, Cádiz y Sevilla. Muchos años después, la CNT seguía limitada en el campo andaluz a ese radio de acción. Siendo mayoritaria o hegemónica en las capitales, encontraba serias dificultades para penetrar en los pueblos que, a despecho del modelo de Hobsbawm y de toda una historiografía marxista dogmática, se inclinaban mayoritariamente hacia el socialismo.

III

Pero como veremos, la extrapolación continua de elementos aislados es otra constante del texto de Os Cangaceiros. Cada vez que les conviene, toman la parte por el todo. De las particularidades de la revuelta campesina en Andalucía occidental derivan el “anarquismo andaluz” que da título al capítulo, pero es que luego no se recatan en extender estas características al conjunto del movimiento, sembrando si cabe más confusión. Así, proclaman que “el anarquismo español fue un movimiento de esencia religiosa, que fundaba su proyecto sobre una resurrección espiritual…” (pág 32). Y es que Spain is different, compañeros. En otros tiempos, cuatro tiros de Star 9 mm, herramienta proletaria por excelencia, hubieran respondido a semejantes afirmaciones. Lo que pretenden es simplemente reivindicar para su caprichoso revival milenarista un movimiento ciertamente extraño, el anarquismo español, con el que ningún historiador parece saber muy bien qué hacer. No está de más recordar que, en una España que estaba hecha unos zorros y tocando fondo desde 1898, la aspiración a una “resurrección espiritual” no era cosa exclusiva de los anarquistas, sino que estaba generalizada en todos los sectores sociales e intelectuales. Véase por ejemplo el caso de los regeneracionistas.

En esta misma línea de generalización del tópico, Lapierre y Delhoisie perpetran la caracterización del proletariado andaluz como masa jornalera. Es el mito del jornalerismo: “Tres cuartas partes de la población estaba compuesta de labradores sin tierra, de braceros contratados por días, meses o temporadas” (pág 17). Tal era la realidad social de algunas zonas de Andalucía, pero no de toda Andalucía. Decir que tres cuartas partes de la población andaluza se componía de jornaleros es simplemente decir una barbaridad. Realidades locales o provinciales se convierten sin más en realidades “andaluzas”. Lo cierto es que la imagen de una Andalucía desprovista de ciudades y cubierta enteramente de latifundios ha sido a la historia social lo que la plaza de toros al turismo. Por esa Andalucía ideal y eterna pululan bandoleros, pasionales bailaoras de flamenco, toreros y un montón de apóstoles anarquistas, con las alforjas de sus borricos llenas de panfletos.

Se pueden rastrear en el texto otras pequeñas extrapolaciones tramposas, heredadas de Díaz del Moral vía Brenan-Hobsbawm. Todas ellas se orientan a subrayar el supuesto carácter “milenarista” del movimiento. Se toman comportamientos aislados, anécdotas mal interpretadas o extravagancias de algunos militantes, y se generalizan sin más al conjunto del campesinado revolucionario. Al menos, Os Cangaceiros se han abstenido de repetirnos la pequeña falsedad mezquina en que se recreaba Hobsbawm, según la cual al declararse una huelga todos los participantes se comprometían a dejar mantener relaciones sexuales hasta que se produjera el advenimiento de la Anarquía…

Pero Os Cangaceiros no han dejado de festejar como indudables muestras de “ascetismo” toda una serie de comportamientos militantes que se daban en la época: no fumar, no beber, no jugar a las cartas… Los “obreros conscientes” seguían rígidamente estos principios para dar ejemplo a todos los que les rodeaban. Puesto que la mayor parte de los historiadores parten del presupuesto inconfesado de que aquellas gentes eran imbéciles -es propio de los letrados confundir la inteligencia con la formación académica-, a nadie se le ha ocurrido que esos comportamientos pudieran tener una funcionalidad directa en un medio social moralmente degradado.

Propongo la siguiente hipótesis: dada la existencia de bestias de carga que sobrellevaban, los hombres se daban al alcohol, que jugaba en aquel contexto el papel que mucho tiempo después jugó la heroína en otros entornos obreros. Desesperados y embrutecidos, se pulían el jornal jugándoselo a las cartas. Todo ello tenía su inevitable corolario de riñas a navajazos y de violencia doméstica. Dignificar y dotar de conciencia a ese ambiente implicaba de entrada una guerra frontal contra el alcohol y el juego, guerra que los anarquistas sostuvieron con tesón. Su comportamiento no denota “ascetismo” alguno, sino una racionalidad perfectamente adaptada al contexto. Otra cosa es que a algunos militantes les diera por exaltar el naturismo, o que en su legendario entusiasmo llevaran a veces la cosa hasta límites extravagantes. De cualquier modo, sabían perfectamente lo que hacían. Pero una vez más nos estrellamos contra el tópico, que ha querido que los andaluces sean más “pasionales” que “racionales”, y por ello varias generaciones de militantes pragmáticos nos son presentados como una legión de ascéticos profetas del anarquismo.

Por último, otro argumento que para todos estos autores demuestra el carácter milenarista del movimiento es la aparente espontaneidad de las huelgas, así como su descoordinación, el que rara vez rebasaban los límites locales, y el que se sucedieran sin transición violentísimos conflictos y largas épocas de calma social. Os Cangaceiros no nos ahorran en este caso la inevitable explicación racial, tan querida a Díaz del Moral y a Brenan: “Parece que el paso de la indiferencia a la exaltación es característico de las gentes del sur…” (pg 26). Ante esto hay que decir que un examen atento de esos procesos de lucha intermitentes y limitados revelaría en ellos causas más serias que el carácter tonto/pasional atribuido a los andaluces pobres, o a los pobres andaluces. De entrada, para un andaluz rural la triple opresión del estado, el capital y la Iglesia se concentraba ante sus ojos en su mismo pueblo. El pueblo era una espesa miniatura del opresivo orden social, y al tomarlo éste era liquidado de forma algo más que simbólica. En cuanto a la famosa descoordinación, espontaneidad y falta de generalización de los movimientos, a menudo se explican por el hecho
de que el trabajo agrícola respondía a pautas y ritmos que no eran las del trabajo industrial. Una huelga de la aceituna se plantea en invierno, pero otra de la siega se plantea en verano. Cuando unos van a la huelga, otros se encuentran en paro forzoso, o en la emigración estacional, o por las particularidades del cultivo no pueden plantear la lucha en su terreno sin condernarla al fracaso. De igual modo, en aquella agricultura atrasada se intentaba lanzar los conflictos cuando se presentaban buenas cosechas, que era cuando más daño podía hacer a la burguesía: he aquí el secreto de los “misteriosos” períodos de calma y el mito de los ciclos decenales de conflictividad. Las explicaciones más sencillas son a menudo incomprensibles para los intelectuales.

IV

El último factor que quiero criticar en el escrito de los Cangaceiros Delhoisie y Lapierre es el procedimiento de amalgama al que recurren continuamente. En ello siguen, una vez más, a Hobsbawm; no tanto a Brenan, que sí reconoce en “El laberinto español” que el campesinado iba perfeccionando sus métodos de acción y organización. Contemplan una única e indivisible revuelta milenarista del campesinado andaluz, cuando lo cierto es que estamos ante sucesivos ciclos de lucha, con rasgos diferenciados. No existe hilo conductor alguno entre el “asalto campesino” a Jerez en 1862 y el levantamiento nada espontáneo de Casas Viejas en 1933. Pero ambos sirven a los autores, que no dudan en meterlos en el mismo saco del milenarismo campesino andaluz. De hecho, para abultar meten en ese saco hasta las luchas del proletariado urbano (industrial, por decirlo con todas las letras) de las ciudades andaluzas, las cuales responden a una concepción nada milenarista y sí radicalmente moderna: la de la huelga general.

Esos ciclos de lucha, con sus victorias y derrotas, dejaron tras de sí valiosas experiencias que los militantes no dejaron de acumular. Buena prueba de ello es la evolución de las formas organizativas. Entre la I Internacional y la CNT, en contra de lo que suele creerse, no hay continuidad sino una profunda ruptura, tal como ha demostrado Antonio Bar en un trabajo imprescindible. Igual falta de continuidad hay entre la CNT de antaño y la organización que hoy ostenta esas siglas, o el actual Sindicato de Obreros del Campo. Lo digo por la tentativa de Os Cangaceiros de hacer llegar hasta el presente los ecos de su milenarismo andaluz: “Aún hoy, los obreros más activos de Andalucía, cuando hablan entre ellos, dicen que no luchan por el pan sino por el avance y el triunfo de su ideal…” (págs 43-44).

Muchas de esas movilizaciones tuvieron reivindicaciones mucho más concretas e inmediatas que la finalidad directamente revolucionaria que a Lapierre y Delhoisie les gusta atribuirles. Los ejemplos que recogen de huelgas que se planteaban sin reivindicaciones o con reivindicaciones de imposible satisfacción, efectivamente tuvieron lugar, pero distaron mucho de generalizarse. No por ello el movimiento campesino andaluz -no exclusivamente jornalero, ni exclusivamente anarquista- dejó de tener hasta la guerra civil un carácter netamente revolucionario. Para los militantes de aquella época la frontera entre la acción reivindicativa y la revolucionaria era bastante más difusa de lo que creemos. La misma historia del anarcosindicalismo español no es más que la historia de un intento por establecer un problemático equilibrio, práctico y doctrinal, entre ambas. Se saltaba con facilidad del motín a la huelga, de la huelga a la insurrección, etc. Lo que ellos identificaban como reformismo era, más que nada, la participación en la política institucional, o la connivencia con ella.

En su romántica búsqueda del milenarismo andaluz que nunca existió, los autores llegan a sugerir rastreramente que la CNT habría jugado entre los campesinos un papel contrarrevolucionario. Les gusta imaginar a las hordas de la Edad de Oro refrenadas, a duras penas, por la burocracia confederal. Pero si bien la CNT jamás dejó de tener sus tendencias reformistas y burocráticas, que a la postre se apoderaron de ella en el transcurso de la guerra civil, hay que decir que fue ante todo una organización revolucionaria. De no ser así ¿creen Os Cangaceiros que los campesinos de la baja Andalucía, tan firmes en el ideal, se hubieran adherido a ella? La memoria de estos compañeros es así insultada una vez más. Hay que denunciar también una falsedad flagrante que contiene el texto, cuando afirma que “Gracias a las consignas de la CNT, que llamó a votar so pretexto de la amnistía que había prometido la izquierda para todos los presos políticos y sociales, las elecciones de 1936 llevaron al poder al Frente Popular” (pág 57). La CNT no llamó a votar en aquellas elecciones. La CNT evitó hacer campaña por la abstención, lo cual, si bien es bastante discutible desde un punto de vista revolucionario, está muy lejos de llamar activamente al voto como hubiera correspondido a una organización reformista.

V

Elección de fuentes distorsionantes o desinformadas; extrapolaciones y amalgamas arbitrarias; todo ello bien ligado con una buena dosis de tópicos folklóricos sobre Andalucía y los andaluces. Éste es el indigesto plato que nos sirven Delhoisie y Lapierre bajo el título de “El anarquismo andaluz” ¿A qué responde tamaño despropósito? Evidentemente a una reivindicación ideológica del milenarismo.

Al igual que Hobsbawm -al cual no han elegido por azar como guía de su delirante viaje intelectual a la Andalucía profunda- parten de un esquema ideológico preconcebido al que pretenden someter por la fuerza los hechos históricos, cuando lo que aconsejan la razón y el sentido común es partir de los hechos para alcanzar una conclusión teórica. Hobsbawn pretendía denigrar a los anarquistas andaluces atribuyéndoles un milenarismo ficticio, para meterlos con calzador en su esquema evolutivo de la protesta social en cuya cima se encontraban -cómo no- los PCs estalinistas. Os Cangaceiros se tragan el anzuelo y se ponen a festejar sorpresivamente el mencionado milenarismo ilusorio. Se sitúan así, y nos sitúan a tantos compañeros que leemos sus textos con interés, muy por detrás de la historiografía académica, que desde hace tiempo viene despejando la cortina de humo levantada por Brenan, Hobsbawm y tantos otros. Por lo demás, si lamentamos los errores y limitaciones de tantas revoluciones fracasadas, y los estudiamos para no repetirlos llegado el caso ¿a santo de qué deberíamos ponernos ahora a celebrar los errores y limitaciones de los antiguos movimientos milenaristas?

Lo cierto es que los anarquistas del campo andaluz fueron bastante más racionales de lo que hubiera gustado a Hobsbawn, y bastante menos milenaristas de lo que quisieran Os Cangaceiros. Aprendamos de ellos el inquebrantable entusiasmo revolucionario, el tesón combatiente y organizativo, el afán desesperado por formarse intelectualmente, el arrojo que tantas veces demostraron en la lucha. Condenemos para siempre la temeridad que les llevó a veces a sobreestimar sus fuerzas y subestimar las del adversario, a hacerse derrotar en el aislamiento. Jerome Mintz lo dirá claramente: “se pueden hallar fallos en los simples axiomas y en las ingenuas estrategias del anarquismo, pero su filosofía revolucionaria concierne a injusticias básicas y verdades esenciales”.

Un andaluz irredento.
Granada, marzo de 2005

ALGUNAS REFERENCIAS:

– Bar, Antonio: “La CNT en los años rojos. Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo (1910-1926)”. Akal, 1981.
– González de Molina, Manuel: “Los mitos de la modernidad y la protesta campesina. A propósito de Rebeldes primitivos de Eric J. Hobsbawm”. Publicado en “Historia Social”, nº 25 (1996).
– Mintz, Jerome: “Los anarquistas de Casas Viejas”. Diputación de Granada / Diputación de Cádiz, 1999.

· Leer réplica a este artículo: El milenarismo, enfermedad infantil del anarquismo.