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Este primer bloque está compuesto por dos textos que pueden parecer inconexos, pero que guardan un enorme correlato y que tienen juntos una gran importancia: creemos que la lectura conjunta explica el paso decisivo de un modelo de sociedad a otro, de una transformación importantísima del capital que recompone todo el orden social, sus instituciones, la organización de los procesos productivos y, por supuesto, todo cuanto atañe a la dominación psiquiátrica: el modelo de normalización y sus mecanismos de control social.
Asumimos pues la necesidad de aprender a leer entre líneas...
La entrevista con F. Basaglia toca diversas temáticas: la relación entre criminalidad y locura, el papel que juega el psiquiatra y el intelectual, la crítica a la antipsiquiatría como posible - y próxima - ideología, etcétera. Lo que aquí nos importa en primer lugar, y es precisamente donde se encuentra el nexo con el texto de Deleuze, es el problema de la crisis de la insititución psiquiátrica, su transformación y progresiva desaparición. Creemos que tal crisis hay que verla desde un ángulo de guerra: como estrategia del poder, como reconversión del orden.
El gran cambio es unívoco, e implica a toda la sociedad: los años setenta protagonizan una ruptura con la antigua articulación del todo social, basado en la disciplina y una división rígida de la producción, para dar paso a nuevas formas más sofisticadas de control. El capital logra salir de los centros de internamiento donde se reproduce (la fábrica, la escuela, el psiquiátrico... ), para finalmente dominar todo el territorio.
La sociedad-fábrica se descentraliza para convertirse en una fábrica de la sociedad: el capital se alimenta así especialmente de formas de vida, actitudes, redes sociales, la propia autonomía de las personas, el lenguaje. El capital produce tanto sujetos como objetos.
Ya no vivimos tanto en una sociedad que tiene lugares de encierro como en una sociedad que ella toda se presenta como cárcel: la sociedad, por sí misma, cárcel de la única realidad posible. El capitalismo ya no sólo administra la muerte sino que también gestiona la vida.
Cuando el capital domina todo el territorio ya no necesita sus lugares de encierro: el psiquiátrico puede entonces desaparecer.
Consideramos una exigencia el asumir y tratar de entender el hecho siguiente: el capital y el poder no sólo son órganos represivos portadores de miseria, sino que por el contrario, logran mantenerse en pie y reproducirse porque también brindan “placer” y un “marco de libertad” a las personas. El poder se revela perfecto cuando puede administrar y economizar nuestros deseos y necesidades, nuestros miedos y bajezas. El psiquiátrico ya no hace tanta falta como una fuerte industria farmacéutica que mantenga a las personas libres, en circulación y produciendo en el mercado de la vida. El dolor del individuo supuestamente libre es ahora más llevadero... el monstruo ya no es la institución, sino la pesadilla que se acerca al final de la noche cuando estás solo en la cama, el que pega las palizas ya no solamente es el carcelero sino que son los fármacos que tienes constantemente en los bolsillos y que hacen del sufrimiento una cárcel de baja intensidad... o peor aún, el carcelero es uno mismo, que además de aprender a ser “un buen enfermo” debe aprender a mantenerse productivo.
La estrategia del poder más relevante es la que persigue que el individuo aprenda a gestionar su propio encierro en esta sociedad-cárcel. El encierro está dentro de una institución, pero también fuera. Es decir, en todos lados. Tal estrategia del poder puede ser vista como una utilización de la ideología antipsiquiátrica - cierre progresivo de los centros de internamiento - en aras del desarrollo de mecanismos que sirvan para convertir el conflicto en factor de innovación de la propia institución.
Los dos órdenes de los que venimos hablando no se niegan, sino que se complementan y conviven haciendo del universo una cárcel tanto hacia dentro como hacia fuera, generando un individuo que tiene el privilegio del control sobre el suministro de su propia impotencia. El psiquiátrico es interiorizado por el individuo, y se reproduce ad nauseam.
Nos encontramos ante un nuevo orden productivo que ha transformado la disciplina y la gestión de la muerte en tecnologías de control y administración de la vida.
Con la edición de estas líneas, hacemos un intento por reconstruir la posición en la que nos encontramos en este mundo cuyo signo es la dominación total de la vida. Buscar nuestro lugar, para desde él revolucionarlo.
Siempre. El camino de la subversión debe pasar en gran medida por aprender a cartografiar nuestro terreno, para saber en qué esquinas podemos subirnos los pasamontañas y desenfundar las armas de nuestra inteligencia.
¡DIFERENCIA O BARBARIE!
I. HISTORIA
Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un "interior" en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etcétera. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.
"Control" es el nombre que Burroughs propone para designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro próximo. Paul Virilio no deja de analizar las formas ultrarrápidas de control al aire libre, que reemplazan a las viejas disciplinas que operan en la duración de un sistema cerrado. No se trata de invocar las producciones farmacéuticas extraordinarias, las formaciones nucleares, las manipulaciones genéticas, aunque estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No se trata de preguntar cuál régimen es más duro, o más tolerable, ya que en cada uno de ellos se enfrentan las liberaciones y las servidumbres. Por ejemplo, en la crisis del hospital como lugar de encierro, la sectorización, los hospitales de día, la atención a domicilio pudieron marcar al principio nuevas libertades, pero participan también de mecanismos de control que rivalizan con los más duros encierros. No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas armas.
II. LÓGICA
Los diferentes internados o espacios de encierro por los cuales pasa el individuo son variables independientes: se supone que uno empieza desde cero cada vez, y el lenguaje común de todos esos lugares existe, pero es analógico. Mientras que los diferentes aparatos de control son variaciones inseparables, que forman un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico (lo cual
no necesariamente significa binario). Los encierros son moldes, módulos distintos, pero los controles son modulaciones, como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de un momento al otro, o como un tamiz cuya malla cambiaría de un punto al otro. Esto se ve bien en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en estados de perpetua metastabilidad que pasan por desafíos, concursos y coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. La fábrica constituía a los individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo. El principio modular del "salario al mérito" no ha dejado de tentar a la propia educación nacional: en efecto, así como la empresa reemplaza a la fábrica, la formación permanente tiende a reemplazar a la escuela, y la evaluación continua al examen. Lo cual constituye el medio más seguro para librar la escuela a la empresa.
En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación, el servicio son los estados metastables y coexistentes de una misma modulación, como un deformador universal. Kafka, que se instalaba ya en la bisagra entre ambos tipos de sociedad, describió en El Proceso las formas jurídicas más temibles: el sobreseimiento aparente de las sociedades disciplinarias (entre dos encierros), la moratoria ilimitada de las sociedades de control (en variación continua), son dos modos de vida jurídica muy diferentes, y si nuestro derecho está dubitativo, en su propia crisis, es porque estamos dejando uno de ellos para entrar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen dos polos: la firma, que indica el individuo, y el número de matrícula, que indica su posición en una masa. Porque las disciplinas nunca vieron incompatibilidad entre ambos, y porque el poder es al mismo tiempo masificador e individualizador, es decir que constituye en cuerpo a aquellos sobre los que se ejerce, y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo (Foucault veía el origen de esa doble preocupación en el poder pastoral del sacerdote - el rebaño y cada uno de los animales - pero el poder civil se haría, a su vez, "pastor" laico, con otros medios). En las sociedades de control, por el contrario, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña, mientras que las sociedades disciplinarias son reglamentadas por consignas (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de la resistencia). El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par masa-individuo. Los individuos se han convertido en "dividuos", y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos. Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El viejo topo monetario es el animal de los lugares de encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos, pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo. Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes.
Es fácil hacer corresponder a cada sociedad distintos tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes sino porque expresan las formas sociales capaces de crearlas y utilizarlas. Las viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples, palancas, poleas, relojes; pero las sociedades disciplinarias recientes se equipaban con máquinas energéticas, con el peligro pasivo de la entropía y el peligro activo del sabotaje; las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo peligro pasivo es el ruido y el activo la piratería o la introducción de virus. Es una evolución tecnológica pero, más profundamente aún, una mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida, que puede resumirse así: el capitalismo del siglo XIX es de concentración, para la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar de encierro, siendo el capitalista el dueño de los medios de producción, pero también eventualmente propietario de otros lugares concebidos por analogía (la casa familiar del obrero, la escuela). En cuanto al mercado, es conquistado ya por especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción. Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que relega frecuentemente a la periferia del tercer mundo, incluso bajo las formas complejas del textil, la metalurgia o el petróleo. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados: compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios, y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado. Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos distintos que convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que sólo tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado los lugares cerrados para entrar en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas de mercado se hacen por temas de control y no ya por formación de disciplina, por fijación de cotizaciones más aún que por baja de costos, por transformación del producto más que por especialización de producción. El servicio de venta se ha convertido en el centro o el "alma" de la empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos.
III. PROGRAMA
No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal.
El estudio socio-técnico de los mecanismos de control, captados en su aurora, debería ser categorial y describir lo que está instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis todos anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de soberanía, vuelvan a la escena, pero con las adaptaciones necesarias. Lo que importa es que estamos al principio de algo. En el régimen de prisiones: la búsqueda de penas de "sustitución", al menos para la pequeña delincuencia, y la utilización de collares electrónicos que imponen al condenado la obligación de quedarse en su casa a determinadas horas. En el régimen de las escuelas: las formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre la escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la introducción de la "empresa" en todos los niveles de escolaridad. En el régimen de los hospitales: la nueva medicina "sin médico ni enfermo" que diferencia a los enfermos potenciales y las personas de riesgo,
que no muestra, como se suele decir, un progreso hacia la individualización, sino que sustituye el cuerpo individual o numérico por la cifra de una materia "dividual" que debe ser controlada. En el régimen de la empresa: los nuevos tratamientos del dinero, los productos y los hombres, que ya no pasan por la vieja forma-fábrica. Son ejemplos bastante ligeros, pero que permitirían comprender mejor lo que se entiende por crisis de las instituciones, es decir, la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las preguntas más importantes concierne a la ineptitud de los sindicatos: vinculados durante toda su historia a la lucha contra las disciplinas o en los lugares de encierro (¿podrán adaptarse o dejarán su lugar a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control?). ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente ser "motivados", piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.
- ¿Qué entiende usted por antipsiquiatría? ¿Considera justificado que se engloben bajo esta denominación actitudes distintas a las que adoptan Laing, Cooper y Esterson, los creadores del término?
Es muy difícil que una persona que se interesa por los problemas de la transformación de la psiquiatría pueda entender lo que quiere decir la asistencia al enfermo al margen de los esquemas tradicionales.
l término “antipsiquiatría” ha sido objeto, últimamente, de muchas controversias. David Cooper, a quien se debe su creación, lo analiza en su libro La gramática de la vida, uno de cuyos capítulos se centra precisamente en el término “antipsiquiatría”. He leído el libro y me parece muy interesante constatar cómo el propio autor se maravilla de la suerte que ha tenido dicho término. Se maravilla de cómo y por qué esa palabra ha conseguido transformarse, de por sí, en un nuevo tipo de etiqueta para la psiquiatría. O sea, actualmente pueden distinguirse dos bandos: uno, amplio, de psquiatras, y otro, reducido, de antipsiquiatras.
Un hecho grave es que de la antipsiquiatría - o de lo que ha representado el movimiento generado por la antipsiquiatría - se intente rescatar tan sólo la faceta ideológica, olvidando el aspecto práctico. Es decir, muchas personas que no han tenido ninguna intervención en los problemas prácticos de la transformación psiquiátrica escriben libros sobre la antipsiquiatría con el fin de crear una nueva ideología de repuesto. En este sentido, rechazo de manera categórica la calificación de “antipsiquiatra”. No me interesa este esquema. Yo soy un psiquiatra porque soy consciente de mis deberes; de no ser así, debería cambiar de profesión. Si sigo ejerciendo en el sector público, o sea en la esfera estatal, es porque acepto mi estatus de psiquiatra, status que nada tiene que ver con el conformismo del intelectual integrado, del intelectual y del técnico que obran con el consentimiento del poder público y de la organización social, y que actúan falsamente desde un punto de vista democrático. Pienso que, como técnico, debo simplemente usar mi estatus para ayudar a superar las necesidades del público y del internado.
El hecho de que el término “antipsiquiatría” haya tenido tanto éxito se debe a la sed de nuevas ideologías por parte del poder establecido, el cual debe crear “nuevas ideologías” de repuesto para conseguir ese consenso que cada vez le resulta más difícil. Efectivamente, hoy en día, el único “consentimiento” que puede conseguir el poder es el que deriva de la violencia y de la represión. Y esto se verifica no sólo en la violencia y en la represión en sentido general y pública, sino, y sobre todo, a nivel de las instituciones destinadas a resolver las
necesidades del ciudadano.
Antes he citado a Cooper por cuanto es a él a quien se remonta el término “antipsiquiatría”. Ronald D. Laing y A. Esterson también han sido incluidos en el campo de la antipsiquiatría, pero el mismo Laing rechaza el concepto que, para él, no quiere decir nada y no es más que una expresión de recambio.
- A veces, se ha comparado el manicomio con la cárcel ¿Qué opina usted de ello?
Quien entra en un manicomio, aunque sea calificado como una institución hospitalaria, no es considerado como un enfermo, sino como un internado que va a expiar una culpa, de la que no conoce ni las causas ni la condena; es decir, desconoce la duración de esa expiación. Por otra parte, allí también hay médicos, batas blancas, enfermos y enfermerías, como si se tratara de un hospital, aunque, en realidad, no es más que un instituto de vigilancia donde la ideología médica constituye una coartada para legitimar una violencia que ningún órgano puede controlar, ya que el mandato confiado al psiquiatra es total, en el sentido que él representa concretamente la ciencia, la moral y los valores del grupo social del cual es su legítimo representante dentro de la institución.
A pesar de ello, se afirma que en el último siglo se han dado pasos gigantescos hacia la conquista de la libertad y del destino humanos. La ciencia, en todos los campos, declara ir a la búsqueda de elementos siempre nuevos para poder liberar al hombre de sus propias contradicciones y de las contradicciones con la Naturaleza. Pero, si se analiza - y sobre todo si se actúa - el interior de una cualquiera de las numerosas instituciones creadas por nuestra ciencia y por nuestra civilización, constataremos lo poco que se ha hecho y cómo las innovaciones técnicas no han hecho más que dar un nuevo orden formal a determinadas condiciones, en las cuales la Naturaleza y el significado permanecían invariables.
En el campo específico de la reclusión - y en este término se pueden incluir tanto el maniconio como la cárcel - , desde la época del barco de los locos - que erraba por los mares con su cargamento de “anormales” e “indeseables” - , la ciencia y la civilización parecen no haber sido capaces de ofrecer nada más que un anclaje en las islas de la marginación y la reclusión, en las cuales “desviación enferma” y “desviación sana”, “culpable” y “responsable” - y, por tanto, “delincuente” - encuentran su justa ubicación. Para el hombre descarriado moralmente, la cárcel; para el hombre con el espíritu enfermo, el manicomio; para el hombre criminal y reconocido enfermo, el manicomio criminal. Esta ha sido la gran “conquista” de la ciencia hasta ahora.
A lo largo de siglos, locos, criminales, prostitutas, alcoholizados, ladrones y extravagantes de todo tipo han convivido en el mismo lugar donde las distintas facetas de su anormalidad resultaban niveladas por un elemento en común - el salirse de la norma y de sus cánones - debido a la necesidad de aislar al anormal del contexto social. Las paredes del hospicio limitaban, contenían y ocultaban al “endemoniado”, al “loco”, como expresión del mal involuntario e irresponsable del espíritu, junto al criminal, expresión del mal intencionado y responsable. Locura y criminalidad representaban esa parte del hombre que debía ser eliminada, erradicada y ocultada, hasta tanto que la ciencia no ratificase su neta separación mediante una individualización de los distintos caracteres específicos de los fenómenos.
Según el racionalismo iluminista, la cárcel tenía que ser la institución punitiva para quien violase la norma representada por la ley - la ley que protege la propiedad, que define los comportamientos públicos correctos, las jerarquías de la autoridad, la estratificación del poder, la amplitud y la profundidad de la explotación - . El loco, el enfermo de espíritu, quien se apropia de un bien habitualmente atribuido a la razón dominante - el extravagante que vive según las normas creadas por su misma razón o por su locura - , empezaron a ser clasificados como enfermos, para los cuales hacía falta una institución que marcara y definiese claramente los límites entre razón y locura, y en la cual se pudiera encerrar y aislar a quien atentara contra el orden público en cuanto a criterios de peligrosidad o escándalo públicos.
Cárcel y manicomio - cuando ya estuvieron separados - siguieron conservando todavía la misma función de tutela y defensa de la “norma”, donde el anormal - por enfermedad o criminalidad - se transformaba en normal en el mismo momento en que quedaba circunscrito por esos muros que establecían una diferencia y un distanciamiento. Por tanto, la ciencia ha conseguido separar la criminalidad de la locura, reconociendo a esta última, por una parte, una nueva dignidad: la de la abstracción, o sea, su definición en términos de enfermedad; y por otra parte, a la criminalidad le ha reconocido un elemento humano, desde el momento que llega a ser objeto de búsqueda por parte de criminalistas y científicos que incluso “detectan” factores biológicos genéricos como base del comportamiento subnormal. A pesar de la separación científica de las dos entidades
abstractas - criminalidad y enfermedad - , cada cual con su típica institución, prácticamente queda inalterada la estrecha relación de la una con la otra en cuanto al orden público, lo cual determina que las funciones de ambas instituciones, respecto a la defensa y la tutela de ese orden, permanezcan inalteradas.
Además, a pesar del reconocimiento abstracto de esta nueva dignidad, ni el criminal que tiene que expiar la ofensa hecha a la sociedad, ni el loco que debe pagar por su comportamiento incorrecto e impropio, han tenido nunca dignidad de hombres y las instituciones que han sido construidas para ellos - para su reeducación y redención por una parte, y para su cura y rehabilitación por otra - , no han visto modificar ni su función ni su naturaleza, continuando en su evolución sobre vías paralelas.
- A través de la historia se denota cierta relación entre desarrollo económico y asistencia psiquiátrica. ¿Cuál es su opinión?
Estructura económica y función institucional coinciden siempre, a cualquier nivel de desarrollo; por tanto, no es casual que los manicomios comenzaran a estructurarse, en su sentido técnico y social, con el inicio de la Revolución Industrial, a principios del siglo XIX.
Todas las formas de asistencia pública alcanzan su más amplia configuración institucionalizada en el momento en que se separa lo “productivo” de lo “no productivo”. Efectivamente, la relación ya no se da entre el hombre y la sociedad, sino entre el hombre y la producción, lo que acarrea un nuevo uso discriminante de cada elemento - anormalidad, enfermedad, desviación, etcétera - que pueda constituir un estorbo para el desarrollo productivo.
Tan pronto como se ha reconocido que la verdadera finalidad de las instituciones - que en teoría han sido delegadas para la recuperación - es la eliminación, mediante distintas justificaciones científicas, no se puede ignorar cuáles son los grupos o los individuos que caen en sus redes: el proletariado y el subproletariado, para los cuales la posibilidad de rehabilitación o de recuperación no existe.
Para los grupos dominantes es muy fácil librarse de las instituciones represivas y de castigo que han sido creadas en defensa de las normas sociales establecidas por ellos. Y esto, no porque entre sus miembros no haya enfermos, locos o criminales, sino porque su estar enfermo, ser loco o ser criminal puede quedar englobado en el ciclo productivo. Si enfermedad y delito son acontecimientos y contradicciones naturales, es muy explicativa la casi total ausencia de quienes pertenecen a las clases dominantes en las instituciones de la enfermedad y de la delincuencia.
- En algunos ambientes, existe la convicción de que debe pensarse en nuevas estructuras que respondan a los nuevos planteamientos acerca de las instituciones que prestan asistencia psiquiátrica. Según usted, ¿qué directrices deben presidir este cambio?
Actualmente, nadie pueden mantener que las instituciones cerradas no sean indignas de un país “civilizado”. Nadie desconoce las condiciones en que viven los internados y nadie puede rechazar la responsabilidad y esquivar la lucha para que las cosas, de alguna manera, puedan cambiar. Sin embargo, la transformación de las instituciones lleva inevitablemente de nuevo al punto de partida. La transformación, promovida por la necesidad de una adecuación institucional al desarrollo económico, no puede tener más significado ni distinta naturaleza que la anterior transformación, que ha hecho que las instituciones sean lo que son, con referencia a lo que eran. Dentro de la misma lógica, transformación, racionalización y control son las tres etapas de un proceso que se perpetúa continuamente a través del constante cambio formal de las cosas, sin que nunca incidan en la estructura, porque la transformación se da siempre como una respuesta técnica a una demanda económica y, por tanto, es siempre la ley económica la que exige la nueva racionalización técnica que sirve de control a la situación transformada.
Las ciencias humanas - y entre éstas la criminología y la psiquiatría - están preparadas para ofrecer nuevas instituciones como respuesta práctica a las nuevas ideologías con que se intenta fabricar el nuevo hombre. Pero este nuevo humanismo, que siempre reaparece en los momentos de crisis, es un fracaso, ya que las relaciones sociales permanecen invariables, y seguirán determinando las vejaciones del hombre sobre el hombre. La institución que puede nacer en defensa y custodia de la humanidad oprimida acabará transformándose en una nueva forma de opresión, para esa misma franja de humanidad.
Debemos ser conscientes de estos procesos para emprender una lucha a favor del hombre, la cual llegue a ser realmente una lucha para liberar a todos los hombres sin que sea una forma de reafirmar esa división innatural, determinada históricamente y que es aceptada e impuesta como cosa natural: la división de clases.
- ¿El trastorno mental es siempre una enfermedad, lo es sólo a veces, o no lo es nunca?
Las alteraciones de la personalidad, los trastornos mentales, responden a una situación humana y esto es válido siempre; en un segundo momento, esta situación humana se cataloga, y es ahí donde aparecen las etiquetas de enfermedad. La enfermedad es la burocratización de la necesidad que esa situación humana representa. El equívoco es que nosotros, como psiquiatras, tomamos el aspecto burocrático de la enfermedad y no la necesidad que ésta expresa. El médico - y esto que voy a decir puede ser también válido para otros especialistas - va en búsqueda de las enfermedades más sofisticadas, más complejas, más prolíficas de síntomas, para determinar después si se está más o menos enfermo: cantidades, gradaciones, matices... Entonces nos hallamos frente al problema del lenguaje técnico, un vocabulario eufemístico, un conjunto de palabras que complejifican el fenómeno, pero que dejan intacta la necesidad. No interesa ni sirve decir que los manicomios encierran “gente que rechaza su propia vida”. Eso no es teoría. La teoría sólo es posible cuando surge como reflexión sobre la propia práctica transformadora. Si no se teoriza sobre estas bases, lo único que se consigue es reformular una nueva ideología que coloca palabras para explicar la enfermedad, pero que no descubre las necesidades de la persona enferma.
Estamos viviendo un momento en que se tiende a complefijicar permanentemente la explicación de los hechos. Se producen análisis complicadísimos - destinados a grupos selectos - sobre situaciones simples, porque la complicación está al servicio de la confusión y ésta, a su vez, es un arma del dominio.
EL VIEJO TOPO. Número 4, Enero de 1977
Que al mismo tiempo la antipsiquiatría sea ya una especie de moda es algo que no deja de tener su cara y cruz. Cara, en tanto nos remita a una profundización del problema y, con ello, a una crítica más feroz de la significación de la institución psiquiátrica dentro de nuestro sistema de instituciones; cruz, en cuanto permanezcamos en la alusión a un modelo fundamentado en un puñado de conceptos más o menos superficiales.
En todo caso, una verdadera antipsiquiatría está, sin duda, por hacer. Sería, en última instancia, una creación cotidiana. Y esto porque siendo la psiquiatría la institución que ha acogido el encargo social de definir la anormalidad frente a la normalidad, no cabe otra antipsiquiatría sino aquella que - incluida desde su especificidad y concreción en movimientos sociales más amplios y generales - subvirtiera, uno a uno, todos los valores que constituyen la norma. Tarea ésta que, parece claro, compite a todos y no admite soluciones técnicas.
DIÁLOGO CON LOS TEXTOS
Presentamos aquí una serie de textos cuya doble finalidad sería la de pasar revista a los contenidos centrales de la teoría y práctica antipsiquiátricas (desde la violencia de la psiquiatría hasta la crítica del poder pasando por la normalidad y su racismo, la familia, la locura, y el derecho a la locura, la institución psiquiátrica y su funcionalidad sociopolítica, etcétera) y la de remitir a un cierto número de autores y de obras que se han ocupado del tema. La organización de los textos si bien tiene un hilo conductor que facilita su lectura no está exenta de los cortes, desviaciones y rupturas propios de la diversidad de los movimientos calificados como antipsiquiátricos.
FRANCO BASSAGLIA: “La familia, la escuela, la fábrica, la universidad, el hospital son instituciones fundadas en un claro reparto de “papeles”: la división del trabajo (amo y esclavo, maestro y alumno, dirigente y dirigido). Esto significa que la característica de estas instituciones es una flagrante separación entre los que poseen el poder
y los que no lo poseen. También puede deducirse claramente que la subdivisión de los “papeles” traduce una relación de opresión y de violencia entre poder y no-poder, relación que se transforma en la exclusión del segundo por el primero. La violencia y la exclusión, están, en efecto, en la base de todas las relaciones susceptibles de instaurarse en nuestra sociedad.” (La institución negada)
DAVID COOPER: “Si hemos de hablar de la violencia en psiquiatría, la violencia que quema la piel, que grita su nombre, que se proclama a sí misma con tal descaro que raramente es comprendida... deberemos hablar de esa violencia sutil y enmascarada que los otros, los “hombres normales”, ejercen sobre aquellos que son bautizados como locos. En la medida en que la psiquiatría represente los intereses, o los pretendidos intereses, de los hombres normales podemos constatar que de hecho la violencia en psiquiatría es ante todo violencia de la psiquiatría.” (Psiquiatría y antipsiquiatría)
ROGER GENTIS: “Ciertamente se trata de una especie de racismo (...). Se dice los locos como se dice los negros o los portugueses. De ahí a exterminarlos no hay más que un paso...
Si a largo del siglo XIX y en los inicios del nuestro no se ha recurrido a la liquidación física de los enfermos mentales es, sin duda, porque el problema no tenía entonces una gran incidencia económica. Por otra parte, el sistema no estaba para este género de bestialidades. Al fin y al cabo no era totalmente necesario matarlos: bastaba con no verlos.” (La tapia del manicomio)
DAVID COOPER: “En la sociedad capitalista la normalidad es definida por aquellos que poseen los medios de producción y se define únicamente en función de sus intereses de clase. Por otra parte, sus definiciones son aceptadas, aunque no en función de sus intereses, por todos aquellos que están desorientados y confundidos por las desinformaciones y las interpretaciones falseadas sistemática y más o menos sutilmente por la prensa, la radio, la televisión y que son controladas por el sistema educativo capitalista hasta tal punto que no se revelan contra el modo de producción y contra las relaciones de producción capitalista sino que son constreñidos a aceptar la versión represiva de normalidad que acompaña a tal sistema. A esta normalidad represiva le acompaña el uso represivo del tiempo. El tiempo capitalista, totalmente condicionado hacia el provecho por el sistema de producción, aprisiona la vida sexual y destruye las condiciones de posibilidad del orgasmo. La condición principal del orgasmo es la destrucción del tiempo regular del reloj. El hombre que vuelve a casa a la misma hora todos los días tras ocho o diez horas de trabajo rutinario y pasa la velada de modo rutinario con su rutinaria familia, va a la cama con la mujer que, en el mejor de los casos, explota de rabia por las condiciones opresivas de su rutina cotidiana dirigida a la destrucción de su personalidad y de su autonomía, y, en el peor de los casos, acepta pasivamente la propia condición, pero que, en cualquier caso, cuando “hacen el amor” una o dos veces por semana, cada quince días o cada mes, aproximadamente durante diez minutos, lo hacen frente a la destrucción de las condiciones temporales del orgasmo destruido: éste hombre, que ha interiorizado la rutina mecánica de su horario de trabajo, expresa la rutina de su cuerpo y vive la eyaculación placentera, que es como hacer una bella cagada, como orgasmo (...). La mujer de este hombre, con su clítoris más o menos virgen, ha sido condicionada a aceptar esto como “la cosa”, esta rutina y nada más. Esta es la Sexualidad Procreativa dirigida a producir, con el mínimo placer, fuerza masculina para el mercado de trabajo y fuerza femenina para el mantenimiento de la familia como principal mediadora de la violencia represiva mediante la que enseña, ante todo, a someterse con obediencia, a renunciar a la autonomía y abandonar la esperanza.” (La política dell´orgasmo en Sessualitá e política).
WILHEM REICH: “La institución familiar... esa fábrica de ideologías autoritarias (burguesas) y de estructuras mentales conservadoras... ese aparato de educación que forma al niño en la ideología reaccionaria... esa correa de trasmisión entre la estructura económica de la sociedad conservadora (burguesa) y su supraestructura ideológica.” (La revolución sexual).
DAVID COOPER: “La célula familiar que se llama a sí misma “familia dichosa” es la de la familia que reza unida y permanece unida en la enfermedad y en la salud, hasta nuestra muerte, nuestra separación o nuestra liberación en la triste concisión de los epitafios de las tumbas cristianas: tumbas erigidas, a falta de otra erección, por aquellos que nos lloran de tan extraña manera, recordándonos tanto más intensamente cuanto más rápidamente nos quieren olvidar. Este falso duelo es tanto más normal y poético cuanto que una verdadera aflicción es imposible si las personas que se lloran nunca se han encontrado. El núcleo familiar burgués, por decirlo en el lenguaje de sus agentes - sociólogos universitarios y politicólogos - , deviene hoy día el medio ideal para no encontrarse y, en consecuencia, la negación misma del duelo, de la muerte, del nacimiento y de la experiencia que precede al nacimiento y a la concepción. (...). El poder de la familia reside en su función de rodaje social. Ella refuerza el poder real de la clase dominante en todas las sociedades fundadas sobre la explotación, reproduciendo en cada institución un paradigma perfectamente controlable. Así, encontramos reproducida la organización familiar en las estructuras sociales de la fábrica, del sindicato, de la escuela primaria y secundaria, de la Universidad, de la Iglesia, de los partidos políticos y del aparato del Estado, del Ejército, de los Hospitales y de los Hospitales psiquiátricos, etc. Siempre hay “padres” y “madres” buenos o malos, amados u odiados, “hermanos” y “hermanas” mayores o menores, “abuelos” difuntos o insidiosamente represivos (...).
Por una parte, la enfermedad aniquila la vida; por otra, la mantiene porque conserva las necesidades y porque, en ella, la contradicción se percibe inmediatamente (...).
La enfermedad, unidad de la contestación y de la inhibición se compone de instintos reprimidos - el hombre - y de constricciones todopoderosas - el capital. Se trata de disolver la inhibición y convertir la energía, así liberada, en acción política.” (Psychiatrie Politique).
DELEUZE-GUATTARI: “Sin embargo, cometeríamos un error si identificásemos los flujos capitalista y los flujos esquizofrénicos, bajo el tema general de una descodificación de los flujos del deseo. Ciertamente, su afinidad es grande:
en todo lugar el capitalismo hace pasar flujos-esquizos que animen “nuestras” artes y “nuestras” ciencias, tanto como se cuajan en la producción de “nuestros” enfermos, los esquizofrénicos. Hemos visto que la relación entre la esquizofrenia y el capitalismo sobrepasaba de largo los problemas de modo de vida, de medio ambiente, de ideología, etcétera, y que debía ser planteada al nivel más profundo de una sola y misma economía, de un solo y mismo proceso de producción. Nuestra sociedad produce esquizos como produce champú Dop o coches Renault, con la única diferencia de que no pueden venderse. Pero, precisamente, ¿cómo explicar que la producción capitalista no cesa de detener el proceso esquizofrénico, de transformar al sujeto en entidad clínica encerrada, como si viese en ese proceso la imagen de su propia muerte llegada desde dentro? ¿Por qué encierra a los locos en vez de ver en ellos a sus propios héroes, su propia realización? Y allí donde ya no puede reconocer la figura de una simple enfermedad, ¿por qué vigilia con tanto cuidado a sus artistas e incluso a sus sabios, como si corriesen el riesgo de hacer correr flujos peligrosos para ella, cargados de potencialidad revolucionaria, en tanto que no son recuperados o absorbidos por las leyes del mercado? ¿Por qué forma a su vez una gigantesca máquina de represión general-represión con respecto a lo que sin embargo constituye su propia realidad, los flujos descodificados? Ocurre que el capitalismo, como hemos visto, es el límite de toda sociedad, en tanto que opera la descodificación de los flujos que las otras formaciones sociales codificaban y sobrecodificaban. Sin embargo, es su límite, o cortes relativos, porque sustituye los códigos por una axiomática extremadamente rigurosa que mantiene la energía de los flujos en un estado de ligazón al cuerpo del capital como socius desterritorializado, pero también e incluso más implacable que cualquier otro socius. La esquizofrenia, por el contrario, es el límite absoluto que hace pasar los flujos al estado libre en un cuerpo sin órganos desocializado. Podemos decir, por tanto, que la esquizofrenia es el límite exterior del propio capitalismo o la terminación de su más profunda tendencia, pero que el capitalismo no funciona más que con la condición de inhibir esa tendencia o de rechazar y desplazar ese límite, sustituyéndolo por sus propios límites relativos inmanentes que no cesa de reproducir a una escala ampliada. Lo que con una mano descodifica, con la otra axiomatiza. Ese es el modo como debemos volver a interpretar la ley marxista de la tendencia opuesta. De manera que la esquizofrenia impregna todo el campo capitalista de un cabo a otro. Pero éste lo que hace es ligar las cargas y las energías en una axiomática mundial que siempre opone nuevos límites interiores al poder revolucionario de los flujos descodificados. En semejante régimen, resulta imposible distinguir, aunque sea en dos tiempos, la descodificación de la axiomatización que viene a reemplazar los códigos desaparecidos. Al mismo tiempo los flujos son descodificados y axiomatizados por el capitalismo. La esquizofrenia no es, pues, la identidad del capitalismo, sino al contrario su diferencia, su separación y su muerte...” (El antiedipo).
DAVID COOPER: “La esquizofrenia es una situación de crisis microsocial, en la que los actos y la experiencia de una persona son invalidados por los otros, en función de ciertas razones culturales y microculturales (generalmente familiares) comprensibles, que finalmente hacen que dicha persona sea identificada más o menos precisamente como “enfermo mental” y confirmada a continuación (según un procedimiento de etiquetaje específico pero fuertemente arbitrario) en la identidad de “paciente esquizofrénico” por los agentes médicos o cuasi médicos.” (Psiquiatría y antipsiquiatría).
RONALD D. LAING: “Esquizofrenia es un diagnóstico, una etiqueta que ciertas gentes le cuelgan a otras. Esto no prueba que la persona etiquetada esté sometida a un proceso esencialmente patológico, de origen y naturaleza desconocidos, que se desarrolla en su cuerpo. No significa tampoco que el proceso sea, primaria o secundariamente, un proceso psico-patológico que se desarrolla en su espíritu. Pero lo que sí establece como hecho social es que la persona etiquetada es uno entre Ellos. Es fácil olvidar que el proceso es una hipótesis, afirmar que es un hecho y, en consecuencia, formular el juicio de que es una inadaptación biológica y, como tal, patológica. Pero la adaptación social a una sociedad desequilibrada puede ser muy peligrosa. El piloto de bombardero perfectamente adaptado puede representar una amenaza mucho mayor para la supervivencia de la especie que el esquizofrénico internado convencido de que la Bomba está en él. Puede ser que nuestra sociedad esté biológicamente desequilibrada y que ciertas formas de alienación esquizofrénica tengan, en relación con la alienación de la sociedad, una función socio-biológica que nosotros ignoramos. (...)
MICHEL FOUCAULT: “Al hacer de la alienación social la condición de la enfermedad, disipamos de un solo golpe el mito de la alienación psicológica que haría del enfermo un extranjero en su propio país; escapamos también a los temas clásicos de una personalidad alterada, de una mentalidad heterogénea y de mecanismos específicamente patológicos. (...)
La enfermedad está constituida por la misma trama funcional que la adaptación normal; por lo tanto, no podemos definirla a partir de lo anormal como lo hace la patología clásica... ” (Enfermedad mental y personalidad).
RONALD D.LAING: “Fenómenos mentales y fenómenos sociales: los fenómenos sociales comprenden todas las relaciones que tenemos entre nosotros - las díadas (parejas), los triángulos, las familias y todos los sistemas y relaciones sociales más complejas existentes en la sociedad. (...) Los fenómenos mentales no pueden separarse de los físicos, emocionales, sociales, si no es mediante un fenómeno artificial que consideramos neurótico, psicótico, y que igualmente está programado en nuestra dinámica normal y real.
ROBERT CASTEL: “... históricamente la ley de 1838 puso en el eje de su dispositivo una institución, el manicomio, que se inscribe en el centro de otras instituciones dentro de una estrategia de recuperación del control completo de ciertas categorías sociales (locos, criminales, indigentes, vagabundos...) cuya presencia constituye un peligro percibido con tanta mayor fuerza cuanto que el desarrollo del capitalismo naciente implica la disolución de las relaciones sociales anteriores. “Institución” significa aquí la constitución, entre la familia y la vida profesional, de nuevas instancias de socialización en las que se produce un nuevo tipo de relaciones pedagógicas para domesticar a un grupo de pervertidos recomponiéndoles un perfil humano adecuado a las normas dominantes. En efecto, el aislamiento, pieza fundamental del dispositivo, no sólo neutraliza a los internados trazando alrededor de ellos un cordón sanitario, sino que, también y sobre todo, circunscribe una especie de laboratorio social en el que puede desplegarse sistemáticamente una verdadera estrategia del condicionamiento. Todo el ordenamiento interior del manicomio, desde la disposición arquitectónica hasta las modalidades del tratamiento - la separación de los sexos, la ruptura de los lazos familiares y de vecindad, el trabajo monótono, la omnipresencia del reglamento, el cómputo rígido del tiempo, la superación de todo lo superfluo, de toda fantasía, de toda iniciativa, etcétera - tiene un doble objetivo: hacer tabla rasa con las más mínimas diferencias habidas en el mundo exterior y re-programar completamente la existencia en función de las exigencias de orden, bienestar, disciplina y trabajo (...).
ROGER GENTIS: “Hacer realmente psiquiatría, hoy en día, significa poner en tela de juicio la sociedad, “contestarla” hasta su raíz, y no creo que piensen ustedes que la tal sociedad se lo vaya a dejar hacer dócilmente. Por muy impetuosos y maliciosos que ustedes sean, no será fomentando revoluciones técnicas como llegarán a hacer una revolución; lo máximo que conseguirán es sentirla en los huesos otra vez, aunque hay que decir que hay quienes lo desean: bien asentados por un lado y con la legión de honor por el otro - esto es lo que hará las delicias del buen servidor del Estado capitalista y, sin duda, también de otros Estados. En todo caso, señores, si es esto lo que les preocupa ábranse al progreso técnico, adelante con las soluciones modernas, adelante con la nueva sociedad. Pero si (esto es una manera de hablar) no beben de este agua, si ven más allá de la participación y de la psiquiatría de clase, entonces creo que para guiarles un poco por un camino que no es fácil y que está lleno de trampas a cada paso y en el que nada se ve demasiado claro, pueden pensar que a fin de cuentas todo esto no es más que una cuestión de lenguaje y que mientras ustedes no puedan hablar de su oficio y de su práctica sin emplear las palabras enfermedad, enfermo, diagnóstico, cuidados, tratamiento, terapéutica, mejoría, agravación, recaída, curación y todo lo que sigue, no habrán salido todavía de su técnica y de su especialidad.” (Guérir la vie).
GIOVANNI JERVIS: “La denuncia de la realidad manicomial, desarrollada en la praxis o en sus términos teóricos sobre todo gracias al equipo de Gorizia (Basaglia y colaboradores), se ligaba por un lado al discurso anitiinstitucional (que llegó a su máximo desarrollo en 1968) y, por otro, a una crítica política de la psiquiatría como disciplina y como actividad. Esta crítica política de la psiquiatría se enraizaba y todavía se enraiza en un modo no tradicional de concebir la política (entendida hoy, entre otras cosas, como desmitificación del carácter presuntamente “neutral” de la ciencia y politización de los “roles” técnicos y profesionales), en una politización autónoma y progresiva de la problemática psiquiátrica, sobre la base de estudios y experiencias italianas y extranjeras. Ha sido mérito de la experiencia Gorizia el saber ligar a la demostración de la viabilidad de una asistencia psiquiátrica “abierta” y comunitaria, el desarrollo pertinente de una crítica y una autocrítica políticamente avanzadas.” (Teoría y práctica de la salud mental, en Los síntomas de la salud).
IDIOT INTERNATIONAL: “No basta con decir que la psiquiatría es un problema político. Es necesario ver que ella es el aspecto más aparente de una forma de coacción a la que nadie escapa. Es imposible cerrar los ojos ante el loco encerrado en el manicomio diciendo que, aunque no nos sentimos a gusto debajo de nuestra piel, no estamos en esa situación y no dependemos de la psiquiatría. El psiquiatra y su loco juegan a las claras a un juego que se juega en todas partes de una manera más camuflada. El psiquiatra es la parte visible de una actitud y de un proceso generalizados en toda la sociedad.
Estamos en la era de la Gran Manipulación...” (La era de la gran manipulación, en Idiot International).
MICHEL FOUCAULT: “En el centro de la antipsiquiatría está la lucha con, en y contra la institución. Cuando a principios del siglo XIX se crean las grandes estructuras manicomiales, éstas se justifican por la maravillosa armonía entre la exigencia del orden social - que debía ser protegido contra el desorden de los locos - y la necesidad terapéutica, que exigía el aislamiento de los enfermos. Cinco eran los motivos principales que aducía Esquirol para justificar el aislamiento de los locos: 1) asegurarle su seguridad personal y la de su familia; 2) liberarle de la influencia externa; 3) vencer sus resistencias personales; 4) someterle por la fuerza a un régimen médico; 5) imponerle nuevos hábitos intelectuales y morales. Como se ve es claramente una cuestión de poder: dominar el poder del loco, neutralizar los poderes externos que puedan influenciarlo; establecer sobre el un poder de terapia y de amaestramiento, de “ortopedia”. (...)
Las relaciones de poder constituyen el “a priori” de la práctica psiquiátrica: condicionan el funcionamiento de la institución manicomial, delimitan las relaciones entre los individuos, gestionan la forma de intervención médica. Inversamente, lo propio de la antipsiquiatría es situar dichas relaciones de poder como centro del problema y cuestionarlas profundamente.
EX-TRABAJADORES DEL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DE CONXO: “La institución manicomial priva a los internados de los más elementales derechos, al mismo tiempo esconde y encubre las contradicciones sociales implícitas en la enfermedad.
La transformación institucional ha de llevar necesariamente el resurgir de esas contradicciones y el ejercicio de aquellos derechos.”
(Escrito de un grupo de trabajadores del Hospital Psiquiátrico de Conxo - Santiago de Compostela - , en su mayoría despedidos en 1975).
EX-TRABAJADORES DEL HOSPITAL PSIQUIATRICO DE SALT: “En el momento del ingreso el enfermo pasa a residir a una de las salas del pabellón de “observación” y deposita todos sus enseres y documentos en manos de la “hermana” del pabellón.
EX-TRABAJADORES DEL HOSPITAL PSIQUIATRICO DE OVIEDO: “El hospital psiquiátrico es un centro de régimen custodial o carcelario destinado a “recoger” - así se oye cada día - a aquellos que no se adaptan a las normas sociales establecidas y no participan en el proceso de producción...”
EX-TRABAJADORES DEL INSTITUO MENTAL DE LA SANTA CRUZ: “...todo el proceso que viene desarrollándose en el Instituto Mental no es más que la culminación de una serie de hechos cotidianamente demostrables: la exclusión social - cristalizada en el interior mismo de las estructuras sanitarias - del enfermo mental y, con él, del personal sanitario que a través de la práctica ha hecho suyo el problema del enfermo mental a quien trata...”
(Escrito de los trabajadores del Instituto Mental de la Barcelona despedidos en 1973).
- ANTIPSIQUIATRÍA Y “NUEVAS TÉCNICAS” - FRANCO BASAGLIA.
De vez en cuando se confirma cierto equívoco sobre la antipsiquiatría al entenderla como una nueva técnica “especializada” de la ciencia psiquiátrica. La antipsiquiatría (me gustaría aclarar mi criterio sobre esta cuestión ya que el movimiento que yo represento en Italia se puede definir como anti-institucional o antipsiquiátrico) no es una técnica, ni una nueva metodología a incluir dentro del campo psiquiátrico, sino un movimiento de negación y de transformación que tiende a poner en discusión los esquemas y parámetros que se consideran como valores absolutos. Es, pues, un movimiento crítico que va más lejos del simple problema especializado enfrentándose a una ciencia que ha pasado a ser metafísica, dogmática, y que no responde a nivel práctico al enfermo y a su enfermedad, sino que se limita a la separación del sano y del enfermo y, por consiguiente, a la codificación de la enfermedad siguiendo unos esquemas establecidos como inmutables.
- EL S.P.K VISTO POR EL S.P.K HISTORIA DEL COLECTIVO SOCIALISTA DE PACIENTES. -
En el origen del S.P.K (Sozialistisches Patienkollektiv) hubo diversos grupos terapéuticos de la clínica universitaria de Heidelberg, departamento psiquiátrico ambulatorio. Estos pacientes y su médico Huber hicieron la crítica práctica y teórica de esta clínica en particular y denunciaron la función ideológica de la psiquiatría en general (cosa absolutamente nueva en Alemania). Consecuencia: el médico Huber fue despedido de sus funciones por el director de la clínica en febrero de 1970; los pacientes se solidarizaron con él y reivindicaron en una asamblea plenaria de pacientes [la primera en la historia de la medicina (?)] su readmisión y el control de la clínica. A la mañana siguiente, Huber y sus 50 pacientes fueron echados a la calle. Gracias a una huelga de hambre en el despacho de la administración de la clínica llegaron a conseguir cinco habitaciones en la universidad y unos pocos médicos para “terminar” (como decía el rector) la terapia hasta septiembre de 1970.
ENFERMEDAD Y CAPITAL
La contradicción esencial del capitalismo es que la producción de mercancías se corresponde con la destrucción de la vida humana. En la época de Marx tal contradicción se expresaba bajo la forma de miseria material de las masas (hambre, paro, índices de mortalidad muy elevados...); en nuestra época esta miseria queda velada por las medidas sociales de los estados capitalistas avanzados (industria de la salud: seguridad social, institución del retiro...) pero, la explotación de la vida humana se expresa bajo la forma de miseria psíquica (seis millones de enfermos mentales registrados oficialmente en Alemania; diez millones en Francia; ver Polack: Médicine du capital). La contradicción inherente al sistema de producción capitalista (trabajo asalariado y capital) se corresponde con la contradicción entre la producción colectiva de los medios de producción y la apropiación individual de estos medios de producción. La expresión de esta contradicción esencial es la producción colectiva de enfermedad tratada individualmente. El individuo abandonado al proceso de producción es, sin embargo, responsable de su enfermedad, una enfermedad producida colectivamente. La enfermedad aparece entonces en el individuo bajo la forma de síntomas diferentes, particulares en cada individuo, que se corresponden con su función en el proceso de producción (neurosis; úlcera gástrica; problemas sexuales; esquizofrenia; dolores de cabeza; intentos de suicidio; estructuras autoritarias).
EL TRABAJO DEL S.P.K.
El método de superación de los síntomas se hacía según la dialéctica de ser y conciencia (bases teóricas en Hegel y Marx).
La forma:
Según la dialéctica del individuo y de la sociedad cada paciente participaba simultáneamente en la agitación individual y en la agitación de grupo. La mayoría participaban además en los círculos de trabajo científico sobre Hegel, Marx y Reich.
La agitación individual (AI) y la Agitación de grupo (AG) :
Después de un examen inicial realizado por un médico del colectivo el nuevo paciente empieza por una AI con un paciente de su elección que tiene ya una experiencia en el método de agitación. En la terapia burguesa, el paciente espera del médico que le suprima los síntomas. El paciente tiene una actitud de espera cuando empieza la AI. Considera al médico (tratante) como sujeto capaz de disponer de su enfermedad, cosa de la que el paciente no se siente capaz. Pero, objetivamente, el que trata es también paciente y no es capaz de curarse a sí mismo. También es objeto, producto del capital. Al reconocer el origen de su enfermedad, es decir, el capital, el paciente comprende quién es el que realmente dispone de su enfermedad y de la de los demás para sacar de ella un beneficio. Tanto para él como para el que le trata cualquier posibilidad de vivir una vida por sí mismo queda excluida pues ambos son mercancía. La única salida es luchar en común.
Algunos principios de la práctica del S.P.K.
1. El punto de partida de nuestro trabajo son los deseos de los pacientes.
2. En el marco del control colectivo de los pacientes en forma de agitación terapéutica individual y de grupo, los deseos son reconocidos en su doble función como productos y como fuerzas productivas.
3. En la agitación individual (AI) y de grupo (AG) el principio es tratar todo lo que los pacientes “ofrecen”.
4. Sólo por medio de la AI y de la AGF las condiciones de ser - objetivas y exteriores - del paciente, así como del colectivo de pacientes, se introducen en la práctica colectiva.
5. El punto de partida de la agitación son los síntomas que se manifiestan de una manera específica en el individuo (lo particular). Desarrollando las contradicciones particulares se llega a las contradicciones esenciales del capital (lo general). El síntoma se reconoce entonces como síntoma del capital (lado reaccionario) y se suprime al mismo tiempo que se libera la energía contestataria frente al capital.
6. En el curso de la AI y la AG y de los GTSC (grupos de trabajo científico) los conocimientos específicos y las capacidades adquiridas de cada paciente (ello es particularmente válido para los médicos) son socializadas y las diferencias de inteligencia y de educación desaparecen progresivamente entre los pacientes.
7. Los productos del S.P.K. son: la emancipación, la cooperación, la solidaridad y la identidad política.
8. El objetivo y las etapas de nuestro trabajo son la transformación dialéctica de individuos en colectivo, la creación de nuevos colectivos por todas partes (expansionismo multifocal) y la transformación dialéctica de todos los colectivos en revolución socialista.
I
Cuando se habla de la patología del hombre normal, del “homo normalis”, nadie que yo sepa ha tenido el valor de tomarse tal cosa en serio: en términos clínicos, quiero decir. Tal vez sólo Lacan y Reich, y el primero tan sólo poetiza cuando habla del “sujeto por fin cuestionado”, y el segundo quisiera únicamente corregir al tiempo que lo idealiza en su famosa y reaccionaria tesis de la “primacía genital”. Pero Lacan está más cerca del error, de la equivocación esta sí ontológica, o con pretensiones a tal, del llamado “normal”: esta es su calidad de hombre objeto, que por haber perdido, dicen que para siempre, su cualidad de sujeto, se halla escindido de su imagen: y he ahí el origen del “deseo”, sexual o social, y de su irremediable fracaso. Y no se trata de una imagen corporal, sino como bien dice Lacan, de un “falo” que no es sinónimo de pene aún cuando bien pudiera ser un concepto cercano al de “potencia orgásmica”, teniendo claro bien en cuenta que tal potencia es una dimensión ante todo subjetiva.
Subjetividad: subjetividad quiere decir potencial psíquico no esclavo de un “tono” normal, intensidad de conciencia (Novoa Santos) libre y activa, esto es, transitiva, o en otras palabras, palabras prohibidas, mágicas. Y por cuanto la idea no está separada de la sensación, sino que convendría mas bien recurrir con Fouillée al término providencial de “ideés-force” (complejas decía Freud), el ideario del solo sujeto no sujeto, no “sujet”, es un ideario en movimiento, libre de cualquier lógica, lo mismo que su conciencia es una conciencia activa y en movimiento. Y ese solo sujeto no sujet, no sujeto, es el llamado loco, el cual, como Rank dijo, representa un nuevo tipo de hombre, un hombre diferente y nuevo, donde el deseo del “hombre”, no es ya deseo del “otro”. Más bien, el deseo de aquel que pretende llamarse hombre es el deseo ambivalente de ese “Gran Otro” u hombre total que si fracasa en el héroe termina en la locura.
Superhombre, sí, pero no extra-hombre: la locura, tiene tanto una estructura como la invitación o la fantasía sus categorías, sus “arquetipos”: poéticamente variables, claro es, declinables, pero dotados de un referente en la percepción poética del mundo externo o del entorno social lo mismo que de un referente interno en la percepción interna, en el cuerpo-sensación (“orgástico”) y, más allá de él, en el inconsciente biológico (Ferenczy) que proporcione un fundamento material a la mitología junguiana, por otra parte ya refrenada sólidamente por la experiencia psiquiátrica de aquél.
Y, suprimiendo el algoritmo entre hombre y hombre, la Verneinung antropológica, leamos mejor “Magia y esquizofrenia” de Geza Roheim y en lugar de simplemente tolerar la magia, lo mismo que la antipsiquiatría tolera la locura, y su pensamiento inequívocamente mágico, practiquémosla con convicción. Es decir, haciendo, como quería Spinoza, de nuestra alma una potencia activa, una pasión en lugar de una sensación. Porque no en vano del epíteto griego de “pasión” viene el término de “patológico”. Pasión es la sensación querida, la conciencia ya no separada de la voluntad, la conciencia transitiva, la conciencia Mágica, capaz de operar sobre el mundo exterior, social e incluso objetivo. En el hombre primitivo no hay separación entre la naturaleza y el hombre, entre el sujeto y el objeto, por cuanto no existe todavía distinción entre la conciencia y la percepción. Por lo tanto, no habiendo frontera entre un campo y otro, el acto mágico no representa todavía ninguna transgresión.
Sólo el posterior algoritmo imperialista entre hombre y hombre nos llevará al loco por las mismas vías que lo reprimido retorna, a la inversa, en la figura o en phantasma del negro, o del judío: no es retórica, tómese esto al pie de la letra. El loco no es como el judío o el negro, sino que es, quiero decir exactamente lo mismo. El otro, el “Gran Otro”, es el otro hombre, el hombre suprimido que vive y potencia el “inconsciente”, en lugar de relegarlo al lugar inofensivo de una posición exterior y metafísica, como hace Lacan. Sólo que si el negro -el negro del sur de EEUU- es ya tan sólo la figura del inconsciente, el primitivo o el loco con su relación activa y peligrosa. Del mismo modo, el misionero y el psiquiatra representan el mismo papel de-subjetivizador, y se encargan de liberar al sujeto, al sujeto, de los peligros del sujeto en libertad, devenido independiente y, si se le permitiera, autónomo.
Por lo demás, la equiparación de antropología y psiquiatría, como matrices de un mismo racismo, nos sirve para considerar a la locura como un fenómeno en el que ya no es que sólo su etiología sea social, y del que haya que de algún modo culpabilizar a la sociedad, pero todavía tratando a ésta como un “mal”, sino para desterrar para siempre tal “concepto” del terreno de la ontología, sometiéndolo al mucho más cercano criterio que lo estudiara como un efecto de perspectiva.
Es decir, como un fenómeno tan profundamente relativo como la normalidad misma, sensu strictu, y ya lejos de todos los equívocos a los que nos han llevado los ángeles perdona-vidas de la antipsiquiatría.
Porque es hora de que el libro, también, se haga locura, esto es, de reunir el lenguaje y la conciencia, de forma de hacer algo tan útil como peligroso de todos estos conceptos, o “ideés-force”: quiero decir que cuando digo que no hay locura fuera de un terreno, quiero decir que no hay locura, fuera de lo que la percibe como tal, en los confusos dominios de la psicocracia, y todo ello significa evidentemente lo que significa, ni más ni menos; afirmación ésta que, de todas las que aquí he pronunciado, es no cabe duda, la más revolucionaria, aún mejor, la mas incómoda y subversiva.
Porque ella nos invita, a, saliendo de la palabra-espectáculo, sacando por fin la cabeza fuera del asfixiante lugar en donde la palabra se comercia en tanto que leyenda, llevar ésta al rigor de la clínica, vuelta nuevamente, como la quisieron Freud y Lacan, lucha, peste, arma en contra de los hombres, para que sepan por fin,
que ya era hora, que no están donde están, incluso cuando pretenden saberlo, porque incluso entonces sólo lo entienden bajo la figura de la leyenda.
Y nuestra crítica tiene también su patología, y su racismo: el homo normalis, éste es su objeto, y el dominio cotidiano de la psicocracia el único poder contra el que se lucha: contra la que se lucha, además, realmente, con todas las armas que aquella desconoce: el verdadero PODER NEGRO: no se equivocaba por cierto aquella esquizofrénica que decía tener la bomba atómica. No se equivocaba por cierto, y esto el homo normalis lo sabía: porque si no, de no haber realmente aquí, aquí y ahora, una peligrosidad real, a qué el castigo, a qué el temor, el pavor: ¿fue sólo infamia? ¿olvidamos que Hegel pretendió no dejar escape a la duda cuando nos aseguró que “todo lo real es racional”? También el inconsciente del normalis, que a decir verdad es el único inconsciente, ha de estar sin duda, “estructurado como un lenguaje”: la perversión y la barbarie no son sólo la mera denegación de un sentido.
No, lo que el supuesto hombre teme es precisamente el descubrimiento de que, como todo marica, no es un verdadero hombre: y nadie mas feroz que el eunuco. Presiente ser él aquello que quiso hacer del otro hombre, llamándole como si no fuera neurótico o esquizofrénico: adivina que es él el verdadero autómata. Y por lo tanto, sabe que puede, o podría, estar a disposición de aquella marioneta que pudiera, deambulando libremente entre ellas “mover ella misma el resorte”.
Ahora sabremos quiénes eran las víctimas y quiénes los verdugos: veréis distintas agujas clavarse en vuestra piel ficticia de muñecos, de “creatios equivocas”, de tambaleanates macumbas. Porque salvada la escisión simbólica que dividía ontológicamente dos culturas, vamos a ver por fin si eres tú o yo quien ve, y cual de los dos tiene el falo de la razón: si tú que eres hablada o yo que hablo, si el esclavo con sus “referentes” o el amo de su propia enunciación: ¿no llamaban los antiguos “POIHESIS”, esto es, creación de lenguaje, a lo que el penúltimo hombre define como “delirar”? Y es que a partir quizá de Platón, se definió al saber como un ontología, pero solo a partir del XIX se pretendió dar por terminada la investigación, al menos en lo que al hombre se refiere suponiendo claro, que tal cosa fuera realmente tal, es decir, un fenómeno aislado del universo, y de lo que desde dentro del hombre a él se opone, y se opone claramente.
Y quede claro que no es lo mismo la antinomia “cultura”/contra-cultura que la de saber/contra-saber: mucho más si lo nuestro difiere del enunciado por su poder de ser, no una metáfora, sino una enunciación, un “acto de lenguaje” (Wittgenstein).
Mucho más si, practicando con el sofista una eficaz “reducción fenomenológica” hacemos así poderosa a la expresión estructurándola como una categoría no vagamente anti-éntica de la razón, sino decididamente opuesta a ella, oponiéndole a sus conceptos otros conceptos, y a su revelación una contra-revelación.
Aún cuando debiéramos decir que no se trata aquí de categoría, y por lo tanto de categorías negativas, por cuanto nuestras frases no poseen el valor de ser una enunciación. Porque realizar la filosofía, como quiso Marx, es naturalmente algo muy distinto de simplemente romper con ella o “tacharla”.
Y más peligrosa también, como Nietzsche supo, es tal empresa, que es la del aforismo: la filosofía devenida pura y permanente afirmación: delirio, “locutor autóctono”. Porque el lugar que señala la filosofía al saber lógico, como la poesía al saber de la intuición, es tan sólo el de una manque, al separarlo de su única posible concreción, que es transformarse de verdadero en cierto, en realización, en acción cotidiana y revolución permanente.
Revolución permanente no quiere decir revolución: esto es, no significa futuro infinito alguno, sino guerra total, esto es, presente por entero, contra aquellos lugares en la vida y el sentido se ubican en los límites de lo imaginario.
Romped pues todos los libros o, leedlos al fin, ubicando el sentido en su lugar, en el presente o en lo que llamábamos, por su miseria, vida: no hay otra revolución. Y de igual modo, no hay otra revelación que la que consiste en visiones, o hacer una experiencia, del sentido: fuera de las galerías, a la calle, os digo, Hurry up please it´s time.
Cuando Freud dijo al oído de Jung, ya cerca de los ojos la estatua viviente de la Libertad “no saben que les traemos la peste”, aquellos tal vez no lo sabían, pero nosotros, al abrir las puertas del consultorio, y trasladar la clínica de lugar, podemos estar seguros ya de ello, y decíroslo por fin: aquí no hay curación.
II
Aquí no hay curación por cuanto la locura, no se cura. No quiero decir tan sólo que no haya que curarla, ni mucho menos que no precise curación u organización alguna, quiero decir, llana y terminantemente, que la locura escisora no admite curación, que es incurable. ¡Ay de los “terapas”!
Y la locura no admite curación por cuanto esboza, y reivindica, en el hombre una segunda estructura: no por supuesto inasimilable a la primera -por cuanto entonces sería siempre la locura- pero sí irreductible a ella.
Si el hombre no ha sabido hasta ahora nada de la locura era precisamente por cuanto era el hombre quien la analizaba, quien, partiendo de su existencia, pretendía remitir a ella una muy divergente sensibilidad.
Y otra estructura del hombre es otra estructura de la existencia, esto es, de la convivencia, porque no hay conciencia fuera del ser social, “el ser social determina la conciencia, que es siempre una conciencia social”. Es por esto, pero no sólo por esto, por lo que el apodado psicótico propone con su sola presentación como superhombre la inauguración no ya de la revolución futura, esperanzadora, sino de un estado de revolución permanente, en el seno mismo de la vieja sociedad, y sin necesidad alguna de contar con la existencia de un más que hipotético “Estado”.
Pero no hay superhombre sino por confrontación a otro hombre: el hombre primitivo, en comunidad, mal puede sentirse como superhombre, esto es, como otro hombre distinto del hombre. Sólo cabe hablar de superhombre, lo mismo que dos estructuras primarias y secundarias, o de “doble estructura” cuando se haya producido esa censura cultural, esa denegación simbólica o forclusión que nos ponía al decir de Freud, en su artículo sobre lo “siniestro” en presencia de algo arbitrariamente ignorado, no exactamente “desconocido”. Y estas formas del pensamiento o del ser, voluntariamente ignoradas a partir de una determinada fracción de nuestra historia, van a ser las formas de la conciencia en movimiento, de la conciencia plástica y, como el universo, en expansión.
Dicho de otra forma, de la conciencia mágica. Dicho de otra forma, de la conciencia natural. Dicho de otra forma, de la conciencia corporal, dotada de intensidades, y no sólo de conceptos abstractos. Dicho a los civilizados de la conciencia allá donde está: no me refiero a en qué lugar del espacio ideológico se halla la “verdadera conciencia”, sino la conciencia, como función, dónde se halla, en qué lugar del cuerpo: y no me refiero a algún lugar oculto, lóbulo cerebral, córtex o cosa parecida, porque la conciencia está en situación siempre, es conciencia de algo, sensación de algo, “punto de vista”, “ visión del mundo” (Weltanschauung) visión de algo aún más concreto que el mundo. Pues bien, todos los animales se orientan por los ojos, claro es que por ellos ven la luz. He aquí, tuut simplement, la etimología de términos o por decirlo así de “conceptos” como lo “claro” o lo “oscuro”: lo evidente es aquello que, como bien se dice, “está a la vista”.
Pero de esta pérdida de la conciencia natural va a derivar la conciencia concebida como “ley”, esto es, como razón. Y con ella, la separación misteriosa -por cuanto todo el ser del hombre es su cuerpo, evidentemente- entre un alma y un cuerpo, devenido mero objeto de las manipulaciones de aquélla. El hombre civilizado va a olvidar así, o a voluntariamente ignorar, todo lo que surge del cuerpo, incluido el lenguaje, que también lo tiene, de lo natural. Y este lenguaje de lo natural no es otro que la metáfora, por cuyo “artificio” una imagen reemplaza a un concepto, como sucedía en el pensamiento, o lo que es igual, en el lenguaje primitivo: en el mundo de los así llamados “natural symbols” (Margaret Douglas) que sobreviven sin embargo en el primitivo actual, en el llamado proletario, en el hombre que vive del trabajo de su cuerpo. Así ahora las “metáforas”, relegadas al campo de lo meramente poético, es decir abstracto, imaginario, no ocupan ni llenan el dominio de lo real, el mundo de los objetos. Este mundo, el de los objetos se mueve también en el marco de una retórica, a la que se llama publicidad. Sin embargo, cualquier primitivo actual sabrá deciros lo que un cenicero o un water o un lavabo representa, por fuera o por encima de su marca.
Significan un mundo humano, lo que no significa algo abstractamente humano, sino un mundo, o mejor un lugar para el hombre, unas presencias objetivas y no simbólicas. Esta es propiamente la llamada, y por tan largo
tiempo buscada “cultura proletaria” que por no estar dicha, ni formar parte de los aparatos ideológicos, constituye para el loco un lugar misterioso, semejante al sello aquel de la carta que robó el ministro que ubicaba al “no-saber” en el orificio del que todos, más o menos, sabían. Pero nadie lo veía.
Nadie lo veía por cuanto los ojos, esos fabricantes de imágenes, habían dejado de ser activos, de mirar, para devenir pasivos, limitándose a ver, siendo tan sólo “órganos” de un alma que cuanto más se ausentaba más se hacía omnipotente. A partir de un cierto momento -no de una “etapa” histórica o de un supuesto progreso inexorable- se va a llamar “alucinación”, o en el mejor de los casos “visión”, a lo que el ojo produce cuando se vuelve autónomo: lo que no es en modo alguno un acontecimiento escatológico, como sabemos por los niños, en los que la alucinación es frecuente, como sabemos también, y sobretodo, por los sueños, en cuyo estudio Freud se basó para suponer, en la “traumdeutung”, que el aparato psíquico no sería, sino un aparato visual.
Y finalmente ¿quién anda el mundo, quién recorre el mundo, sino lo que, quitándole toda su presencia sensacionista, alucinatoria -en la que propiamente consiste el “psiquismo animal”- llamamos cuerpo? ¿quién habita el mundo sino ése cuerpo al que hemos arrebatado su condición de sujeto, de sujeto de la historia, de “proletariado”, como de él se dice? Ese cuerpo que no es “apariencia”, fenómeno, pose o traje, sino expresión más íntima, y que nunca, ni en la muerte, es cuerpo objetivo, sino siempre cuerpo fenomenológico, como diría después de Husserl con frase firme Merleau Ponty. Es decir, cuerpo-expresión, porque la biología tiene leyes plásticas subjetivas que no descubrieron ni Darwin, ni los biólogos, ni saben aún los modernos etólogos: y es por ello que es capaz de mutar, porque la biología es subjetiva: desde la ameba hasta el mono superior, toda existencia en movimiento es una existencia subjetiva, y ello no en mayor o menor grado, sino tan sólo en diferente grado, en un nivel cualitativamente distinto de la organización de la sensación.
Abandonado al fin por el pensamiento decía el loco al médico: “dottore spero che rinnoverete il mio corpo”, y el pobre hombre falto de humanidad, se tocaba las narices. Que tales narices representan el falo no lo sabe tan sólo aquél para el que el falo es sólo una representación. Que el pie es deseo de patadas no lo sabe tan sólo aquel cuyo anhelo de representaciones tiene detrás de sí, como único compromiso, el compromiso de su inhibición. Que el cuerpo entero es anhelo del otro no lo sabe tan sólo quien ignora, que el cuerpo no es nuestro en lo absoluto. Es por tanto potencia relegada a otros, a los que con él laboran, o colaboran, al llamado proletariado, quien por su solidaridad nos recuerda su stigma: decidle a él, y a él tan solo, a ello, cuando en sus bares, en sus barrios, se halle como indistinto, como prole confusa, como masa por venir, la frase aquella de Spinoza, “Nadie sabe lo que puede el cuerpo”.
Este discurso no quiere ser solamente teórico. No quiere ser un discurso teórico. Allí donde termina el poderío psiquiátrico, empieza el dominio de la psico-cracia. Contra ella, y no sólo contra la psiquiatría, se dirige nuestra tentativa de recuperación científica del texto de Antonin Artaud “Alienation et Magie Noire”. Somos diferentes, sí, somos diferentes. Somos realmente diferentes, radicalmente diferentes, felizmente diferentes. Fundemos pues, sobre las ruinas de aquel hormiguero, nuestra propia sociedad. Reemplacemos el hospital por una extraña comuna. No alguna comuna pacífica o bucólica, que se conforme con estar simplemente, “al margen”, sino por una comuna activa, cotidianamente subversiva, más que revolucionaria. Sí, somos negros: creémos, extendamos el nuevo “Mau-Mau”. No con diagnósticos, sino con gritos de guerra. El homo normalis nada puede, ya que es tan sólo el esclavo de su apariencia. El psiquiatra nada puede hacer, sino suicidarse. Que no muera la llama. Nunca cedamos en nuestra pretensión no ya de una nueva sociedad, sino de una nueva humanidad. Que sigan hablando, ya no importa. Que sigan excluyendo, nosotros haremos de la uniformidad de esa exclusión la garantía de una diferente universalidad. Quedaos con vuestros sórdidos secretos con esa vasta humillación que constituye el mundo de lo privado. De hoy en adelante, hay lugar para un nuevo “nosotros” y un diverso “vosotros”. Ya somos, realmente, “nosotros”, y “Ellos”: ahora veremos quien era el perseguidor y quien el perseguido. Porque os perseguiremos con la misma saña con que vosotros lo hicisteis, aprovechándonos del laberinto de vuestras apariencias, instalados traidoramente entre vosotros sin que sepáis nunca cual de las marionetas que por allá deambulan mueve ella misma la cuerda. Vosotros, que nos educasteis en el terror a la soledad y a la exclusión, sabréis ahora del terror de no estar, nunca jamás, solos. Creémos, extendamos el nuevo Mau-Mau, la nueva Mano Negra, el nuevo Poder Negro, con cuyo saludo me despido, no, como se verá, para extender la mano a nadie.
','-Ya ni siquiera refugiarse en uno mismo tiene mucho sentido, porque podemos encontrarnos a un policía en la alcoba-
“Por una política nocturna” Marc Traful
Este primer bloque está compuesto por dos textos que pueden parecer inconexos, pero que guardan un enorme correlato y que tienen juntos una gran importancia: creemos que la lectura conjunta explica el paso decisivo de un modelo de sociedad a otro, de una transformación importantísima del capital que recompone todo el orden social, sus instituciones, la organización de los procesos productivos y, por supuesto, todo cuanto atañe a la dominación psiquiátrica: el modelo de normalización y sus mecanismos de control social.
Asumimos pues la necesidad de aprender a leer entre líneas...
La entrevista con F. Basaglia toca diversas temáticas: la relación entre criminalidad y locura, el papel que juega el psiquiatra y el intelectual, la crítica a la antipsiquiatría como posible - y próxima - ideología, etcétera. Lo que aquí nos importa en primer lugar, y es precisamente donde se encuentra el nexo con el texto de Deleuze, es el problema de la crisis de la insititución psiquiátrica, su transformación y progresiva desaparición. Creemos que tal crisis hay que verla desde un ángulo de guerra: como estrategia del poder, como reconversión del orden.
El gran cambio es unívoco, e implica a toda la sociedad: los años setenta protagonizan una ruptura con la antigua articulación del todo social, basado en la disciplina y una división rígida de la producción, para dar paso a nuevas formas más sofisticadas de control. El capital logra salir de los centros de internamiento donde se reproduce (la fábrica, la escuela, el psiquiátrico... ), para finalmente dominar todo el territorio.
La sociedad-fábrica se descentraliza para convertirse en una fábrica de la sociedad: el capital se alimenta así especialmente de formas de vida, actitudes, redes sociales, la propia autonomía de las personas, el lenguaje. El capital produce tanto sujetos como objetos.
Ya no vivimos tanto en una sociedad que tiene lugares de encierro como en una sociedad que ella toda se presenta como cárcel: la sociedad, por sí misma, cárcel de la única realidad posible. El capitalismo ya no sólo administra la muerte sino que también gestiona la vida.
Cuando el capital domina todo el territorio ya no necesita sus lugares de encierro: el psiquiátrico puede entonces desaparecer.
Consideramos una exigencia el asumir y tratar de entender el hecho siguiente: el capital y el poder no sólo son órganos represivos portadores de miseria, sino que por el contrario, logran mantenerse en pie y reproducirse porque también brindan “placer” y un “marco de libertad” a las personas. El poder se revela perfecto cuando puede administrar y economizar nuestros deseos y necesidades, nuestros miedos y bajezas. El psiquiátrico ya no hace tanta falta como una fuerte industria farmacéutica que mantenga a las personas libres, en circulación y produciendo en el mercado de la vida. El dolor del individuo supuestamente libre es ahora más llevadero... el monstruo ya no es la institución, sino la pesadilla que se acerca al final de la noche cuando estás solo en la cama, el que pega las palizas ya no solamente es el carcelero sino que son los fármacos que tienes constantemente en los bolsillos y que hacen del sufrimiento una cárcel de baja intensidad... o peor aún, el carcelero es uno mismo, que además de aprender a ser “un buen enfermo” debe aprender a mantenerse productivo.
La estrategia del poder más relevante es la que persigue que el individuo aprenda a gestionar su propio encierro en esta sociedad-cárcel. El encierro está dentro de una institución, pero también fuera. Es decir, en todos lados. Tal estrategia del poder puede ser vista como una utilización de la ideología antipsiquiátrica - cierre progresivo de los centros de internamiento - en aras del desarrollo de mecanismos que sirvan para convertir el conflicto en factor de innovación de la propia institución.
Los dos órdenes de los que venimos hablando no se niegan, sino que se complementan y conviven
haciendo del universo una cárcel tanto hacia dentro como hacia fuera, generando un individuo que tiene el privilegio del control sobre el suministro de su propia impotencia. El psiquiátrico es interiorizado por el individuo, y se reproduce ad nauseam.
Nos encontramos ante un nuevo orden productivo que ha transformado la disciplina y la gestión de la muerte en tecnologías de control y administración de la vida.
Con la edición de estas líneas, hacemos un intento por reconstruir la posición en la que nos encontramos en este mundo cuyo signo es la dominación total de la vida. Buscar nuestro lugar, para desde él revolucionarlo.
Siempre. El camino de la subversión debe pasar en gran medida por aprender a cartografiar nuestro terreno, para saber en qué esquinas podemos subirnos los pasamontañas y desenfundar las armas de nuestra inteligencia.
¡DIFERENCIA O BARBARIE!