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Enajenadxs #6

.: :.
¡Rechazad el consuelo, elogiad la intolerancia!
Ha llegado el momento de que se dignifique el concepto de destrucción, y dignificarlo significa volver, en primer término a la enseñanza de la naturaleza misma. Destrucción y construcción constituyen para ella dos fases del mismo proceso. Y en efecto, para el hombre, crear es en definitiva transformar, es decir, destruir algo para hacer con ese algo una cosa nueva.
Aldo Pellegrini
Septiembre, Año 18 de la Era Orwell.
Intolerancia,
Indignación,
REVOLUCIONARIAS
Extractos pertenecientes al programa de radio Los Capítulos prohibidos de Corín Tellado (RADIO QK, Radio Llibre de Uvieu).
Hablan los amos.
¿Qué es la clase?
“De la guerra” (póst. 1835).
El día en que morí un poco más.
Lectura de Karl Marx hablando de mi vida y necesidades allá por 1844
Violencia, locura y miseribilismo intelectual.
Textitos desperdigados a lo largo del número

Extractos pertenecientes al programa de radio Los Capítulos prohibidos de Corín Tellado (RADIO QK, Radio Llibre de Uvieu)

- Las trascripciones han pretendido ser todo lo fieles posibles, pero en ocasiones no se ha podido descifrar al cien por cien la totalidad de lo que en su día fue radiado. Esperamos haberlo hecho lo mejor posible.
- Las fuentes no se citan porque en los Capítulos tampoco se hace; y además, así es bastante más divertido.

I.
Un señor por la radio dice, y su voz rezuma credibilidad, aunque parece molesto con alguien, y ese tonillo prepotente dice que ... habla de un libro, dice que la locura es debida a la imposibilidad de comunicarse.
Han cerrado la radio, han abierto las persianas, y otro señor serio con cara de saber mucho está sentado delante de mí. Yo quisiera decirle que es muy duro no poder hablar el mismo idioma que las demás, pero no se lo diré. No quiero, él no lo entendería, nunca dejaría de escribir, y luego consultaría sus notas con los libros que estudió en la universidad. No me gusta ser un objeto, y sinceramente, lo que más me apetece ahora es lanzarme sobre este señoritingo y arrancarle a mordiscos la yugular. Cada vez que me pregunta grito y pataleo, y si alguien se pasa de la raya, muerdo. Hace un rato tuvieron que llevarse a un celador que quiso hacerse el simpático, je, que gracioso era el chiquillo.
Los doctores tienen sus corbatas, sus maletines, sus gafas y todos sus títulos. Son sus señales largas y estrechas, sus límites. Sus rayas están en sus sueldos, en sus casas, en sus coches. Yo también necesito mi espacio, necesito respeto. ¿A qué vienen esas preguntas?, ¿acaso este pelele con título y no sé qué técnicas psiquiátricas sabe quién soy yo?, ¿acaso sabe hablar mi idioma?, ¿porqué?. No me mires así hijo puta, no me mires así hijo puta ... ¿no trata de entenderme?. Yo le entiendo a él de sobra. No me mires así que te vas a arrepentir. No, sí, mírame así, mírame, alimenta la caldera, bonito, simpático. Y lo que veo no me gusta. No me gusta ese tonillo que utiliza cuando coge su pluma estilográfica. Su pluma estilográfica con punta de acero que su mujer le regaló el pasado 14 de febrero. Ja,ja,ja ... cómo nos vamos a reír tú y yo dentro de un rato, precioso, figurín. Sólo sabes sentarte delante de mí y observarme, escoltado por tus dos celadores y por las correas que me obligan a abrazar este cuerpo que no para de vibrar. Y las correas chirrían cada vez más, y más irritadas. Estoy hasta el gorro de esta gente.
También me desquicia cada vez más mi madre, sólo a veces, cuando me ve muy mal, viene y me acaricia, me acaricia, me quiere, me ... pero no, luego siempre sale con excusas, y me engaña, y llama por teléfono y me traen aquí, y encima pide que me deje llevar sin violencia. ¿Y qué son estas camisas?, ¿y qué son estas paredes?, ¿esta mierda de doctor con ojos de cristal roto?, ¿cómo me pide que me porte bien, cuando me arrastran a estos cuartos con colchones en las paredes, y me dejan horas y horas sin compañía?.
La mirada mía es dulce ahora, sí doctor, la pongo así para que se confíe. Cree usted que no soy capaz de entender todas sus palabras, todas las palabras de su graciosa majestad, y por eso, para dármelo todo masticado, suaviza los términos más técnicos, los más horribles quedan semiocultos. Tú crees que me estoy calmando, que me estás llevando por el camino de la recuperación. Estás convencido, de que por aprobar tus cursos con notables o matrículas sabes más que yo. Incluso te crees capaz de meter tus narices a dentro mío y ayudarme a fuerza de husmear. Ayúdate primero a ti, tal vez entonces pudiéramos hablar.
Hablar. Mamá es más sincera, sabe que lo entiendo todo y que además entiendo otras muchas cosas. Cosas que ellos nunca se atreven a nombrar, intentan matarlas con su silencio. Por eso, porque me conoce, mi madre es sincera, y a veces es tierna. No intenta engañarme, pero le han comido la bola como intentaron hacer conmigo en el colegio. Al principio me costó salir de mi sorpresa al comprobar que las demás se dejaban entrar en la lavadora. Luego ya entendí que la cobardía es, para la inmensa mayoría, más persuasiva que la lucidez. Mamá también es débil, prefiere entregar a sus hijos en lugar de tratar de entenderlos. Como el otro día, cuando yo no paraba de gritar, porque si paraba se me comía ese ruido que a veces me visita y destruye toda la tranquilidad que a duras penas puedo construir. Ella fue quien llamó a los de la bata blanca, ella consiguió su tranquilidad a cambio de mandarme lejos, y yo me dediqué entonces a romper huesos y a lanzar mis dedos tensos sobre los ojos de los celadores ... dios, qué gozada.
En el colegio, mis compañeras leían el libro que les mandaban. Sí, sólo ese, no veían otras opciones. Yo lo leía si me apetecía, o me leía otro que trataba el mismo tema pero que olía diferente, y por tanto suspendía. Al principio me resultó curioso, luego me pareció simplemente una carbonada.
¿Intentas excavar en mi mente doctorzuelo?. No lograrás carcomer mi conciencia, porque pronto verás la estilográfica muy cerca de tus ojos. Tomaré apuntes como los tuyos en la facultad, esos apuntes que estoy seguro eran mono direccionales, únicos, escritos al dictado. Yo también sé tomar apuntes, y quiero que los veas, quiero que no pierdas detalle cuando la tinta azul se transforme en sangre roja. Pronto o tarde, cuando te confíes al ver mis gestos suaves, el semblante aparentemente tranquilo, y al fin mis ojos sean como los de la abeja maya, ebria de miel. Entonces, sí, entonces descubriremos juntos lo fácil que es hacer magia, lo cerca que está el azul del rojo, el ver del no ver, la lágrima del ácido. Iremos juntos a mi colegio, allí te enseñaré como se siente alguien cuando tratan de arrancarle los ojos y ponerle a cambio unas gafas de sol. Y te las meten sin importar si está nublado, si es de noche, si hay niebla, o ... Sí, será divertido. Será como volver a la niñez. Sí señor doctor, no tenga miedo, no duele. Eso es lo que decían, que no duele.

II.
El mundo del esquizofrénico, confunde en una sola experiencia lo que se mantiene cuidadosamente separado en el homo normalis. El homo normalis, bien adaptado, se compone exactamente del mismo tipo de experiencias que el esquizofrénico. La psiquiatría profunda no deja dudas al respecto. El homo normalis difiere del esquizofrénico sólo en que estas funciones están ordenadas en otra forma, es un comerciante o empleado o profesional bien adaptado, consciente de la sociedad. Durante el día, superficialmente
se le ve ordenado, vive sus impulsos secundarios, perversos, cuando abandona su hogar y su oficina para visitar alguna ciudad alejada en ocasionales orgías de sadismo y promiscuidad. Esta es la capa intermedia en su existencia, clara y definitivamente separada del estrato superficial. Cree en la existencia de un poder sobrenatural personal y en su opuesto, el diablo y el infierno. (...). Homo normalis no cree en dios cuando concierta algún negocio particularmente hábil, hecho que los sacerdotes califican de pecaminoso en sus sermones dominicales. Homo normalis no cree en el diablo cuando fomenta alguna causa científica, carece de perversiones cuando es el apoyo de su familia, y olvida mujer e hijos cuando deja en libertad al diablo en un burdel.
Existen psiquiatras que refutan la veracidad de estos hechos, otros no lo refutan, pero dicen que así son las cosas, que este tipo de clara separación entre infierno diabólico y estrato social es sólo para bien, y posibilita la seguridad del funcionamiento social. Pero el auténtico creyente en el verdadero Jesús podría oponerse a esto, podría decir que el dominio del diablo debe ser aniquilado, y no dejarlo a un lado, aquí, sólo para permitirle aparecer más allá. Otra mentalidad ética podría objetar a esto, que la verdad de la virtud no se muestra en la ausencia de vicio, sino en la resistencia a las tentaciones del diablo. No deseo tomar parte en esta controversia, creo que, otra vez dentro de este marco de pensamiento y de vivir, cada uno de los bandos puede jactarse de alguna verdad. Queremos permanecer fuera de este círculo vicioso a fin de comprender al diablo tal y como aparece en la vida diaria y en el mundo del esquizofrénico.
Lo cierto es que el esquizofrénico en general es mucho más honesto que el homo normalis, si aceptamos la derechura de expresión como inicio de honestidad. Todo buen psiquiatra sabe que el esquizofrénico es honesto hasta el punto de la molestia, también es lo que comúnmente se llama profundo, es decir: está en contacto con los acontecimientos. La persona esquizofrénica ve a través de la hipocresía y no la oculta, posee una excelente aprensión de las realidades emocionales en marcado contraste con el homo normalis. Subrayo esta característica esquizofrénica, a fin de que resulte comprensible porqué el homo normalis odia tanto la mentalidad del esquizofrénico. La validez objetiva de esta superioridad del juicio esquizoideo se manifiesta en forma bien práctica. Cuando deseamos llegar a la validez de los hechos sociales estudiamos a Ipsen a Nietzsche, ambos enloquecieron, y no los escritos de algún diplomático bien adaptado o las resoluciones de los congresos del Partido Comunista. Encontramos el carácter ondulatorio y el azul de la energía orgánica en las maravillosas pinturas de Van Gogh, y no en ninguno de sus bien adaptados contemporáneos. Encontramos las características esenciales del carácter genital en los cuadros de Gauguin, y no en la pintura del homo normalis. Tanto Van Gogh como Gauguin terminaron psicóticos. Y cuando deseamos aprender algo acerca de las emociones humanas y de las experiencias humanas profundas, recurrimos como seres humanos al esquizofrénico y no al homo normalis. Ello se debe a que el primero nos dice con franqueza lo que piensa y lo que siente, mientras el homo normalis nada nos dice y nos obliga a excavar años enteros antes de sentirse dispuesto a mostrar su estructura interna. Por consiguiente, mi afirmación de que el esquizofrénico es más honesto que el homo normalis, parece correcta. Al parecer se trata de un estado de cosas bien tristes, debiera ser a la inversa, si el homo normalis es realmente normal como lo pretende, si sostiene que la autorrealización y la verdad son las metas más elevadas del bien individual y de la vida social, debiera ser mucho más capaz que el loco, y más dispuesto a manifestarse a sí mismo. Debe haber algo básicamente erróneo en la estructura del homo normalis, si es tan difícil obtener de él la verdad. Declarar, como lo hacen los psicoanalistas bien adaptados, que es como debe ser, porque de otra manera le sería imposible resistir el impacto de todas sus emociones, equivaldría a una completa resignación respecto al mejoramiento del destino humano.

III. EL FUNAMBULISTA
Normalmente, cuando alguien como yo se empeña en meter sus pies en unas zapatillas de bailarín, inevitablemente se hinchan y su sangre se comprime. La única solución en ese caso, es encerrar tus empeines en un montón de vendas y cinta aislante. Por motivos de estética, mejor esconderlos tras unos calentadores.
Cuando uno tiene la sensación de estar jugándose la vida, lo normal es ponerse nervioso, y el ritmo del corazón se multiplica. Yo no puedo tragar ni la saliva. Ayer lo intenté mientras subía por las escalerillas que unen la pista central con la plataforma de equilibrios, los espectadores me miraban desde todas partes impacientes, mientras uno de los payasos se despedía entre risas. Desde que se encendió el foco y comencé a deslizar mis pies por el hilo de alambre, sabía que algo iba a suceder. Estaba descentrado, no lograba fijar mi mente en un punto fijo, enlacé unas zancadas casi por casualidad. Al llegar a la mitad de la actuación, la barra de grafito se convirtió en un estorbo y la tiré. Empecé a tambalearme entre carcajadas, cometí un error: no pude evitar mirar al suelo. El público babeaba por ver cómo me caía, entre ellos mi familia y mis amigos. Hice realidad sus sueños y fantasías, y me precipité entre gemidos y aplausos por los 25 metros que me separaban de mi público.
A pesar de todo, intenté levantarme, pero un montón de gente empezó a rodearme. Pronto llego mi madre, y la verdad es que me sentí muy aliviado. Pero entre ella y Julia, la malabarista, colocaron sobre mi pecho una tabla de chapa. Lo que antes era mi público se convirtió en mi carcelero. La gente hacía cola durante horas para verme y amontonar sobre la tabla toneladas de basura, juguetes bélicos y alguna bicicleta estática.
Y ahora que no puedo moverme y apenas respiro, te prometo que si algún día logro desprenderme de todo esto, no perderé el tiempo en otra cosa que no sea enamorarme de ti.

Hablan los amos

Las citas que vienen a continuación, han sido extraídas del DSM-IV, manual utilizado por lxs profesionales de la salud mental a la hora de establecer sus diagnósticos. Este libro se presenta como un compendio de sabiduría científica destinado a evaluar pacientes, pero quienes conocemos los efectos de este conocimiento, preferimos referirnos a él como una especie de código penal con aires de inocencia ... una herramienta de trabajo cuya principal función es la de rotular – etiquetar sujetos de acuerdo con los baremos dictados por el orden social vigente; de manera tal, que el destino de lxs etiquetadxs pueda someterse sin complicaciones a dicho orden.
Sostenemos que es la sociedad la que establece los límites de la enfermedad, y respecto de ella se organiza el – presumiblemente - incuestionable saber científico. El DSM es un claro y lamentable ejemplo de ello: en los aledaños de los dictados sociales, la lucidez, más allá de sus lindes, la enfermedad y la locura.
Estos apuntes no pretenden ofrecer una argumentación estructurada contra las relaciones entre poder y salud. Simplemente queremos llamar la atención sobre una realidad visible en infinidad de contradicciones que las propia prácticas médicas desatan.
La hipotética objetividad científica a la que al parecer, por lo que se dice en aulas y consultas, han llegado la psiquiatría y la psicología, puede ser criticada (y también demolida) remitiéndonos a sus propios materiales de trabajo. Esta es una tarea al alcance de cualquiera, y que reporta cierta satisfacción frente a la humillación a la que lxs “tratadxs” se han visto llevados a menudo de la mano de sus terapeutas.
El caso de los DSM es especialmente rotundo. Este manual ha ido variado acordemente con los cambios sociales, reestructurando sus posiciones de forma tal que se acomodase a las nuevas disposiciones y características de la sociedad. De esta manera, se puede hacer un seguimiento de la descripción de las diferentes patologías abordadas a lo largo de las distintas ediciones de este manual. Por ejemplo, el comportamiento homosexual fue entendido como patológico durante un tiempo: mientras imperó cierta moral, la maquinaria médica actuó en consecuencia y demonizó - sobre supuestas bases científicas (y por tanto, también objetivas) - la homosexualidad; cuando la realidad social y su imaginario van cambiando con el desarrollo del capitalismo y su ideología, la medicina también interioriza dichos cambios ... no encontraremos en el DSM-IV alusiones a lo enfermizo que resulta el que nos guste darnos por culo, pero podemos rastrear la imposición de los actuales valores “democráticos”, la continua obsesión por la propiedad y la absoluta identificación entre estar en contra de lo existente y estar enfermo.
Empezaremos con un párrafo que puede leerse como prueba de la artificiosidad del diagnóstico clínico, y que de paso ratifica algo que sostenemos desde el principio en esta publicación: que la esquizofrenia no es nada desde la propia medicina, que en todo caso es una amalgama ininteligible donde se sitúa todo aquello que está más allá
de las limitadas cabecitas de los doctores, un constructo que sirve para lograr el sometimiento (vía internamiento, vía medicación ...) de sujetos que no se ajustan a los parámetros de comportamiento dictados por los valores (morales, productivos etc.) que sostienen el edificio social.
“Hallazgos de laboratorio. No se han identificado hallazgos de laboratorio que sirvan para el diagnóstico de la esquizofrenia. No obstante, diversos estudios de neuroimagen, neuropsicológicos y neurofisiológicos han mostrado diferencias entre grupos de individuos que padecen esquizofrenia y sujetos de control (...)”
Una de las etiquetas que más gracia nos hacen, es la del Trastorno Explosivo Intermitente (trastorno, del que nos advierte el DSM-IV que suele acarrear problemas legales).
“Se caracteriza por la aparición de episodios aislados en los que el individuo no puede controlar los impulsos agresivos, dando lugar a violencia o la destrucción de la propiedad”
A parte de lo estúpido de su nombre, su ambigua descripción puede adaptarse perfectamente a casi cualquier acto insurreccional que un individuo pueda llevar a cabo. Así pues, lo saludable de arrear una pedrada contra una sucursal bancaria, partirle la boca a un patrón esclavista o hacerle tragar a un profesor un libro tan dañino e insultante como el DSM-IV, se trasforma en conducta patológica científicamente argumentada. Lo normal - correcto - lúcido sería entonces no perder los nervios, mantenerse siempre a raya, permanecer en el quicio. La trampa reside en que no se atiende a la naturaleza de la violencia, ni a las consecuencias de la acción: la ambigüedad es una de las principales características de los textos sobre psicología. Así, enfermo es un padre maltratador que incapaz de controlar su agresividad tortura a la prole inocente e indefensa, y enfermo es cualquiera que revienta ante una situación insostenible y decide retomar el control – aunque sólo sea durante unos instantes – sobre su existencia.
La medicina reconforta al sistema: un acto de determinación se vuelve un trastorno incontrolable digno de ser calificado como enfermedad.
Pero, a todas luces, el trastorno descrito más jugoso es el Trastorno Antisocial de la Personalidad ...
“El trastorno disocial implica un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que se violan los derechos básicos de los demás o las principales reglas o normas sociales apropiadas para la edad.
(...)
Cuatro comportamientos específicos:
Agresión a la gente o a los animales.
Destrucción de la propiedad.
Fraudes o hurtos.
Violación grave de las normas.”
Este es el más claro ejemplo que hemos encontrado de patología descrita en términos estrictamente sociales. La apelación a las normas (que además se dan en relación a la edad, relación que configura la sociedad), permite rescatar de lo patológico el atentar contra los derechos de los individuos sin más; parece ser que hay distintos tipos de agresiones: a) las que no violan las normas sociales, ejm: el trabajo asalariado, y b) las que violan dichas normas, ejm: todas las conductas que no estén amparadas por los poderes vigentes dentro del conjunto de la sociedad. Para ser un enfermo no sólo basta con joder a alguien, hay que hacerlo contra los dictados sociales. Simple y efectivo. No hay nada más que echar un vistazo a los cuatro puntos enumerados para darnos cuenta de que, si salvamos el punto de la agresión a los animales, lo que se describe, bien pudieran ser las características de cualquier actividad subversiva. Una vez más, la ambigüedad permite llegar más allá del anecdótico caso individual.
Cuando las barreras entre ideología y ciencia médica se diluyen, legalidad y salud crean un trama que permite construir un sistema de control que puede y sabe adaptarse a las últimas exigencias del capital.
Sigamos con la descripción de lxs trastornadxs antisociales.
“No logran adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal.”
Lo cual, según se indica, suele ser motivo de su detención. Así mismo, suelen:
“Ser continua y extremadamente irresponsables.”
Y como ejemplos de dicha irresponsabilidad se citan:
El absentismo “inmotivado”, la renuncia “sin motivos” a un trabajo, o simplemente el desempleo.
Este es uno de los puntos donde las cosas se muestran más a las claras: escaquearse de trabajar es propio de enfermos. Lo cual nos lleva a pensar, que el aparato médico es de todo, menos inocente. Resulta que nuestra gran pesadilla: el tedioso, destroza sueños y asesino trabajo asalariado, es un indicador eficaz de nuestra salud mental. Ésta se nos medirá según le amemos o le odiemos; según hipotequemos nuestras vidas o tratemos de huir de él.
Lo sentimos por nuestros queridxs terapeutas ... pero nuestras madres y padres gastan algo en la mirada, que nos advierte de cómo acabaremos si nos echamos a los brazos del trabajo. Algo que tiene en pie esta sociedad, no puede ser bueno para aquellos que buscamos demolerla.
Como otra notas características, se menciona:
El que “suelen tener un concepto de sí mismos engreído y arrogante”, así como la idea “delirante” de ser controlados más allá de sí mismos.
Estos dos comentarios merecen una especial atención.
El contar con la arrogancia como rasgo patológico, puede ofrecer la ventaja de encontrar una razón más para anular a aquel sujeto que ha decidido dar razón de sus acciones. Entonces, alguien que por ejemplo justifica una acción violenta remitiéndose a una argumentación ética o a que cree estar en lo cierto, habrá ofrecido al personal que lo trata, a través de su “prepotencia”, una muestra más de su enfermedad. No es difícil intuir hasta qué punto puede ser molesta para los amos la autoestima de los esclavos.
El “ser controlados más allá de sí mismos”, también puede ofrecer una interesante segunda lectura. Quien viva en cualquier metrópoli de nuestros días y no tenga la sensación de ser controlado, tiene un serio problema de percepción; así mismo, también sostenemos que alguien digno del calificativo “antisocial” está especialmente cualificado para captar ese control. Por otra parte, “delirante” es un adjetivo desconcertante e impreciso: delirante es el parecer de quien se cree controlado por fuerzas alienígenas, pero no menos delirantes son los servicios secretos de los Estados o los departamentos comerciales de las multinacionales. ¿Cuál es el paso que va desde el creer que tu teléfono puede estar pinchado por la brigada de información, que tu correo es inspeccionado, que tu jefe ha instalado cámaras en tu lugar de trabajo, que la publicidad te acosa a toda hora y en todo lugar ... a pensar que controlan tu vida?. Tras un caso tipo de sujeto con el delirio paranoico de que su vida es controlada por alguien que no es él, suele haber una sociedad apretando – de una u otra manera – un cuello.
Y por último, un único gesto de sinceridad que nos coloca otra vez al principio de este articulillo, es decir, en la relación entre enfermedad y sociedad.
El trastorno descrito está “asociado a un bajo status socioeconómico y al medio urbano.”


“¡Oh, cuántos problemas se presentan en los senderos de mi joven existencia, trastornada por miles de torbellinos del mal!. No obstante el ángel de mi mente me ha dicho tantas veces que sólo en el mal está la vida. Y yo vivo plenamente mi vida. El signo de mi existencia se ha perdido en eso: ¿en el mal?. El mal me hace amar al más puro de los ángeles. ¿Hago yo acaso el mal? ¿Pero es esa mi guía? En el mal está la afirmación más alta de la vida. ¿Y estando en él estoy equivocado? ¡¿Oh, problema ignoto, porqué no te resuelves?!”
Severino Di Giovanni*
[Carta a su amada, América Scarfo. 22 de Octubre de 1928.]
*Anarquista italiano exiliado en Argentina, editor y activista que fue firme partidario del uso de la acción directa contra personas y propiedades en el camino de la revolución.

¿Qué es la clase?

Texto de Henri Lefebvre. 1948
* Nota.
Alguien pudiera sentirse contrariado por el hecho de encontrar en este fanzine unos párrafos referidos al concepto de clase. Precisamente es ese desconcierto (¿desconocimiento?) el que queremos combatir. Para ello, el texto que presentamos posiblemente no sea suficiente, pero puede constituir una buena base para hacerlo. Sabemos de las deficiencias del escrito y de su antigüedad, y aún así nos parece idóneo para tratar de explicar que como psiquiatrizadxs en lucha, nuestra perspectiva es una perspectiva de clase.
Consideramos, en primer lugar, que existe un conjunto de individuos que han sufrido de una u otra manera la violencia del sistema de salud mental, y que ello les hace compartir una serie de circunstancias comunes. A partir de esas peculiaridades, todo nuestro trabajo gira entorno a la toma de conciencia de cuál es nuestra situación real en el mundo, cuál es el juego de fuerzas en el que nos vemos envueltos, cuáles son los enemigos responsables de nuestra situación, cuál es su manera de ejercer la dominación, cuáles son nuestras expectativas y posibles estrategias
... Esta tarea de discernimiento, este conocer, le incumbe al psiquiatrizadx y a nadie más: nadie salvo nosotrxs podrá explicar dónde nos encontramos, porque nadie vive lo que nosotrxs vivimos. Por lo tanto, si no somos lxs psquiatrizadxs lxs que tomemos conciencia de nuestra realidad, la realidad existente nos habrá ganado la partida sin tan siquiera empezar a jugarla. Creemos firmemente que el psiquatrizadx sólo puede llegar a ser consciente y luchar, si accede al conocimiento de su condición desde su propia condición. No podemos delegar, nadie nos puede mostrar el camino (por mucho que les joda a algunxs universitarixs progres y de palabrería radical, que se empeñan en hacer teoría “para” lxs psquiatrtizadxs, sin llegar a entender que en esta guerra la única teoría válida es la que nosotrxs nos demos a nosotrxs mismxs).Consideramos, en segundo lugar, que pertenecemos por nuestras condiciones de existencia, al proletariado. Ésta es la clase de todxs aquellxs que no disponen del control sobre sus vidas, de esxs a quienes la capacidad de tomar las riendas de su propia existencia les ha sido arrebatada.
Entendemos, que sólo desde aquí puede salir la lucha que eche a pique este mundo, porque sólo desde aquí se vive y se entiende la miseria sobre la que está organizada la sociedad ...

Este hecho social, la clase, no aparece con una evidencia inmediata y simple. Otros hechos sociales la disimulan y enmascaran y, por ello precisamente, las clases adquieren progresivamente conciencia de sí. La misma clase obrera adquiere conciencia de clase en el curso de las duras pruebas que sufre. No está excluido que, en ciertas condiciones históricas, esta conciencia pueda degradarse o oscurecerse (la clase obrera alemana bajo el hitlerismo parece haber dado un triste ejemplo de ello). No estando ni pudiendo estar aislados, los individuos siempre tienen un papel y función definidos en la división del trabajo (es decir, en la organización de la sociedad, en la que cada miembro cumple su propia función, más o menos especializada y necesaria para el conjunto). Los individuos que se encuentran en las mismas condiciones de existencia forman una clase. Al principio, sobre todo cuando se forma una clase, los individuos que la constituyen pueden no saberlo, bien porque sigan todavía separados (como los “burgueses” en las pequeñas ciudades rivales, durante la edad media), bien porque se hagan la competencia (como los obreros que buscan trabajo antes de estar organizados y a veces incluso después de estarlo). “Los individuos sólo constituyen una clase en su lucha común contra otra clase”, esta lucha, que se les impone por sus condiciones de existencia, refuerza la clase y la revela a sí misma. “En lo demás, se enfrentan como enemigos en la concurrencia” (La ideología alemana, K. Marx). Esta concurrencia enmascara y puede disimular en todo momento la realidad de clase, tendiendo a paralizar la conciencia de clase. Esta “conciencia de clase” no es, pues, un dato inicial, una conciencia colectiva. Supone la existencia objetiva de la clase y de sus luchas, su organización como tal y, finalmente, la de los elementos teóricos o ideológicos.
Dicho de otra manera: la clase no es una realidad hecha de una vez para siempre, inmediatamente comprobable, simple. Sólo la teoría de las clases permite comprender la realidad social, lo que ocurre a nuestro alrededor. En la sociedad moderna, las clases no son visibles de modo inmediato. La sociedad en la que las clases quedan indicadas mediante signos exteriores (como eran en otro tiempo el caballo y la espada de la nobleza) es una sociedad de casta, forma particular y cristalización de una sociedad dividida en clases. Bajo la aparente monotonía de la vida social, bajo las vestimentas y los revestimientos, la mirada atenta discierne hoy las clases: pequeños burgueses y burgueses, obreros, etcétera. Pero, para llegar a esta realidad y definirla hay que levantar un velo; las rivalidades entre los individuos, los múltiples sentimientos que sólo los vinculan oponiéndolos los unos a los otros, a menudo disimulan al observador y a ellos mismos la clase de que forman parte. Más aún: en la sociedad actual se desarrollan un conjunto de apariencias que engañan al observador superficial, voluntariamente embaucado. Por numerosas razones objetivas, esta sociedad aparece como un continuo social, como un apilamiento de “estratos”. Las clases simulan desaparecer. Y con esta ilusión juegan aquellos que, para la defensa de los intereses de la clase dominante, niegan la existencia de la clase o de las clases dominadas, o de las clases en general, y en la práctica luchan por dispersarlas en individuos, en grupos concurrentes, y por paralizar su conciencia de clase.
La clase no es algo hecho de una vez para siempre, no es una realidad estática, dada; como tampoco lo es la conciencia de clase. Por un lado, la clase tiende a adquirir una realidad autónoma frente a los individuos, de modo que éstos, al encontrar ya hechas sus condiciones de existencia, ven cómo se les “asigna por su clase, su posición social y su desarrollo personal, a los que quedan subordinados” (ibid.); pero, por otro lado – y al mismo tiempo – el individuo puede distinguirse siempre de su clase, siempre puede oponerse a ella, e incluso a toda la sociedad. Y dentro de una clase nunca cesa la concurrencia entre los individuos, la tendencia a la dislocación de la realidad y de la conciencia de clase.
Las clases no están inmóviles ni son eternas. Antes de la constitución de las clases – en un grado de desarrollo inferior – hubo una sociedad sin clases (lo cual no quiere decir sin desigualdades individuales): la comunidad natural o primitiva, cuyo oscuro recuerdo ha dejado en las leyendas la nostalgia de la “edad de oro”. (Aunque esta comunidad natural se fundase en la pobreza general, la debilidad humana ante la naturaleza y la indiferenciación del individuo, el género humano ha experimentado desde entonces tantos sufrimientos a costa de la realidad de las clases y de la lucha de clases, que esta miseria primitiva le ha dejado una nostalgia tenaz). Además, las clases desaparecerán porque “se ha formado una clase que ya no tiene ningún interés especial de clase que hacer prevalecer contra la clase dominante” (ibid.) y que, por tanto, liberará la sociedad.
Este esbozo de la teoría de clases muestra la complejidad de los hechos, su mutuo entrelazamiento. El materialismo histórico muestra la acción de las clases en la historia y las consecuencias de sus luchas. Y no por ello niega a los individuos; al contrario, muestra en las clases el resultado conjunto de las actividades individuales, aunque, por otro lado, la relación de estas actividades – la concurrencia- tienda a disimular y disolver el conjunto, el grupo social.
No hay nada más complejo, pues, que la relación entre el individuo y la clase. Ora el individuo, egoístamente, se pone en primer lugar y tiende a disolver a su clase o a sustituir los intereses de su clase por sus intereses “privados”. Ora se confunde con las conductas medias, banales, corrientes, con lo hábitos de las gentes de su clase, conductas que se le imponen y que ciertos sociólogos llaman “las costumbres”. Ora el individuo, emergiendo por encima de estas hábitos y conductas medias, muestra un desinterés (individual) supremo, entregándose por completo a los intereses superiores de su grupo, de su clase (que, con razón o sin ella, para él se identifica casi siempre con las sociedad, la nación, la humanidad actual o futura).
(...) Para vivir en plan individualista y reproducir o aceptar pasivamente todas las conductas de su clase, un comerciante o industrial no tienen más que dejarse llevar por sus condiciones de existencia. Individualmente hablando, el comerciante o el industrial “es” propietario, poseedor de un capital. Es burgués aquel que habiendo nacido tal acepta, pura y simplemente, las condiciones de existencia de la burguesía. El individuo burgués no escoge, no se adhiere a una idea: se deja llevar por la vida tal como se le presenta, tal como es para él. Acepta ideas ya hechas: las de su clase, aunque pueda reservarse oscuramente un “sector personal” más “humano”, más libre; pero vano y estrictamente “privado”.
En cambio, el proletario sólo llega a ser consciente de su clase cuando se eleva por encima de las condiciones actuales de existencia de ésta. Esto no quiere decir que se salga de ella, que se “desclase” – lo que, por lo demás, constituye para él una especie de tentación – sino que debe haber realizado ciertos actos de lucha o haber comprendido ciertas nociones de economía política y de historia para conocer su propia vida y su propia clase. En el régimen capitalista, las condiciones de existencia del proletariado tienden a hacer de él, como individuo, una rueda de una mecanismo sin conciencia. Como proletario, no puede tomar conciencia de sí mismo sin haberse alejado mentalmente de la vida actual del proletariado y sin comprender – o al menos presentir – la misión histórica de aquél. (...) La conciencia de clase del proletariado va ligada, de este modo, a la superación del proletariado como clase y, por consiguiente, a un ideal humano. El individuo proletario sólo se capta como individuo y como miembro de su propia clase comprendiendo la independencia de su propia clase frente a la clase burguesa, captándose como ser humano, solidario
de lo humano en general y de su futuro. Esto es lo que define la situación del individuo proletario y de la clase obrera en el mundo actual. Es la situación más dolorosa de todas: pocas contradicciones son tan tenazmente desgarradoras y más fecundas a la vez que la “contradicción entre la personalidad del proletario individual y las condiciones de vida que le son impuestas” (ibid.). Vemos, pues, que la individualidad del proletariado consiente de sí mismo es más alta y más libre que la del no-proletario, pero también más dolorosa, más difícil de conquistar y de conservar.

“De la guerra” (póst. 1835)

Karl von Clausewitz.

“En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en el encuentro, la destrucción de las fuerzas enemigas que se nos oponen es el medio para el logro del fin. Esto es así, aunque en realidad no llegue a producirse el encuentro, ya que, de cualquier modo, en la raíz de la decisión está el supuesto de que tal destrucción debe ser considerada sin lugar a duda. De este modo, la destrucción de las fuerzas del enemigo es la piedra fundamental de todas las combinaciones que descansan sobre ella, al modo de arco que descansa sobre sus pilares. Consecuentemente, todas las acciones se realizan sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas se produjera en los hechos, habría de ser una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas es en todas las operaciones grandes y pequeñas lo que el pago al contado en las transacciones comerciales. Por más remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara vez se produzcan, al final deben realizarse.
i la decisión por las armas está en la base de todas las combinaciones, resulta que nuestro oponente puede hacer impracticable cualquiera de ellas, mediante una decisión sobre la cual descansa directamente nuestra combinación, sino también por medio de cualquier otra, siempre que tenga suficiente importancia. Toda decisión armada de importancia, es decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo, reacciona sobre todas las que le precedieron, ya que, como un líquido, tiende a alcanzar su nivel.
De esta manera, la destrucción de las fuerzas enemigas aparece siempre como el medio superior y más eficaz, al que deben ceder su puesto todos los demás.
Sin embargo, solamente podremos asignar mayor eficacia a la destrucción de fuerzas del enemigo cuando exista una supuesta igualdad en todas las otras condiciones. Sería, por lo tanto, un gran error llegar a la conclusión de que un ataque ciego habría de imponerse invariablemente a la destreza prudente. Atacar sin habilidad conduciría no a la destrucción de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras y, por ende, no puede ser este nuestro propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin realizado con el otro.”

El día en que morí un poco más


Decidí faltar a clase y marcharme a ver a Dani, ya que una chica de mi curso me comentó que le habían vuelto a ingresar.
Octava planta. Llamo, se abre la mirilla, el celador me mira durante unos segundos y abre la puerta. El mismo paisaje de siempre: Roberto sigue andando, sin parar, siempre andando.
Me para un tipo con un pijama verde (posiblemente un anestesista) y me pregunta si soy yo quien va a hacer “el electro”¿? (me confunde con un médico residente ... los uniformes a veces uniformizan demasiado). A mi espalda surge de una puerta una psiquiatra residente, muy joven.
- “¿Eres el anestesista?” pregunta; “Sí, vamos”, asiente el tipo de verde, y me escurro con ellos tras esa puerta que nunca se abre.
Una mujer de unos sesenta años está tumbada en la camilla, atada de pies y manos, con un lindo vestido de flores y miedo en los bolsillos. Empiezo a darme cuenta de que va todo esto: estamos detrás de esa puerta. Ella también lo sabe.
Tiene una vía cogida, el anestesista comienza a sedarla. Esperan unos minutos mientras el relajante muscular produce sus efectos. Le mojan las sienes. “Antes era mucho peor ...”, comenta el anestesista a su subordinado.
¿Cómo coño puede ser peor? pienso.
Sacan ese viejo aparato, que me dobla en edad (“el nuevo no sabemos usarlo, ja, ja”) Misma potencia, intensidad y voltaje para todos. Democracia.
Acercan los electrodos a las sienes. Contracción de todos los músculos. Una lágrima resbala entre sus párpados. Los dientes destrozan la cánula, los puños cerrados, el vello erizado. Empiezan las convulsiones tras unos segundos de corriente (jamás sabré cuanto duró aquello).
- “ Ya está”
Estoy tras ellos. Ha llegado la náusea, abro la puerta y corro hacia el sucio ascensor.
Náusea por estar ahí de pié y no hacer nada, náusea por llevar su misma bata.
Roberto sigue andando, siempre andando.
Alguien me dice que Dani se ha escapado. Sonrisa
Entro en el ascensor: sin duda, ando en camino de convertirme en un auténtico miserable.

Lectura de Karl Marx hablando de mi vida y necesidades allá por 1844

Si caracterizamos al comunismo mismo (porque es negación de la negación, apropiación de la existencia humana que se media con sí misma a través de la negación de la mercancía, no es la posición verdadera, que se origina en sí misma, sino que se origina más bien en la propia mercancía) ... [Una parte de esta página del manuscrito está rota en este lugar, de tal manera que luego siguen fragmentos de seis líneas que son insuficientes para reconstruir el pasaje] ... el extrañamiento de la vida humana perdura y es mucho mayor cuanto más conciencia se tiene de él como tal) sólo puede lograrse mediante la implantación del comunismo. Para superar la idea de la organización social existente y sus sistemas de dominación (entre los que por su perfección y peligrosidad, tiene especial relevancia la guerra psicológica desatada a través de los sistemas sanitarios y las multinacionales farmacéuticas) bastan las ideas comunistas, pero para superar dicha realidad es necesaria la acción comunista real. La historia la producirá y aquel movimiento, que ya reconocemos en el pensamiento como voluntad autotrascendente supondrá en la realidad un proceso duro y prolongado. Debemos considerar, sin embargo, como avance el haber adquirido de antemano conciencia tanto de la limitación como de la finalidad del movimiento histórico, y poder ver más allá.

Violencia, locura y miserabilismo intelectural

“Querían que me encerraran hasta que llegase la paz, o, al menos, durante unos meses, porque ellos, los cuerdos, que no habían perdido la razón, según decían, querían cuidarme y, mientras, ellos harían la guerra solos.”
Céline. Viaje al fin de la noche.

Desde ya algunos meses, había quienes estábamos interesados en ahondar en el binomio que constituyen enfermedad mental – violencia dentro de los ámbitos “antagonistas”. En principio, los intereses eran personales y no se pretendía escribir nada al respecto, sin embargo unas pocas líneas desataron cierta mala ostia entre nosotros y hemos creído oportuno redactar unos breves párrafos.
El texto que actuó a modo de detonante, fue “Qué hacer de la violencia que llevamos dentro” firmado por Franco Berardi y publicado por Maldeojo (n-2, abril 2001). Realmente es difícil hacer semejante ejercicio de simplificación y estupidez, y el resultado final – como no podía ser de otra manera – es un vacío que nada dice. Sin embargo, no es nuestro cometido el analizar aquí ni este “documento”, ni la revista que lo ha editado. Sencillamente nos quedamos con una de las líneas argumentales del texto, que es la que servirá de punto de partida a nuestra crítica, y que por sí misma provoca nuestro menosprecio hacia autor y publicación ...
En el patético y simplista discurso de Franco Berardi se alcanza la siguiente conclusión: “Naturalmente, en todo episodio colectivo se agitan emociones, debilidades, rencores y reactividades largamente reprimidas. Naturalmente, aquell@s que son psíquicamente más débiles (sin duda, no por su culpa) tienden a moverse de un modo agresivo, a exhibir el propio ego reprimido de forma violenta”. Aparte de lo ya engañoso del “naturalmente” (nos encontramos ante uno de los profundos análisis expuestos en el “cuaderno de crítica social” que es Maldeojo: la razón de una conclusión es la apelación a lo “natural” ...) con que se abre la cita, y del lenguaje freudiano-casposo (ego y represión ...) utilizado, podemos desvelar la defensa de una posición tan preocupante como repetitiva en la historia de las luchas sociales. El autor de este texto se declara a sí mismo como no – violento, afirmación que puesta en relación con las dos frases citadas con anterioridad, nos lleva a concluir que este tipo – así como sus compinches teóricos – es “psíquicamente más fuerte”. Y exponiendo esto, no creemos que nos salgamos del guión por él mismo creado: si hay débiles mentales, es porque hay fuertes, y si los débiles son violentos, los fuertes no lo serán. A parte de
toda la mierda que pudiésemos sacar de aquí (pues es evidente que los sujetos con mayor fortaleza psíquica, estarían mejor capacitados para acometer la lucha por el cambio social), el artículo nos ofrece al menos una infamia más: se trata de hacer creer, que “quien siente simpatía por la violencia se muestra por lo general proclive a la traición”. Y así, se ha completado la siguiente escalera de razonamientos: débil mental - (lleva a) - sujeto partidario de las acciones violentas – (que a su vez lleva a ) - traidor y chivato.
Aquí es donde queríamos llegar, la eterna discusión sobre la violencia en el seno de los movimientos – presumiblemente – antagonistas, suele desembocar en puntos muertos donde quienes la repudian tratan de concluir sus argumentaciones recurriendo a la locura (o este caso, a un término más sutil y manipulable como es la debilidad mental). Esta táctica desautoriza de por sí todas sus argucias teóricas, y pone de manifiesto que la violencia no es un tema que se pueda afrontar desde una posición tan absolutista y banal, como es la que pretende otorgarle una definición cerrada, para posteriormente negarla en el camino de la lucha anticapitalista. Desterrar la violencia es tan estúpido como santificarla, y es no entender nada acerca de la naturaleza y el ser humano (que son dos realidades violentas, nos guste o no).
El hecho de que alguien que está por el “cambio social”, escriba en una revista de “crítica social” utilizando un lenguaje de jodido portavoz del movimiento eugenésico del estado de Virginia a comienzos del siglo XX, debiera darnos que pensar. Como nosotros – en tanto que seres humanos – nos reconocemos potencialmente violentos, advertimos, que de la misma manera que estamos contra todos aquellos que tratan - mediante diagnósticos, tests y otras tecnologías científicas - de establecer una medida para hombres y mujeres, también lo estamos de quienes se apoyan en sus juicios y vocabulario para atacar acciones que se les escapan de las manos. Si quieren refutar acciones, que construyan una crítica sólida, y que dejen de recurrir a algo tan doloroso como la debilidad mental. Un término que fue acuñado por el francés Binet en sus intentos de otorgar calificaciones numéricas a la inteligencia de los individuos, y posteriormente recogido por el norteamericano Goddard, quien construyó sobre él todo un sistema de esterilizaciones e internamientos forzosos a principios del siglo pasado (y que dicho sea de paso, sirvió de inspiración al nacionalsocialismo alemán). Las víctimas pasadas y presentes de las estrategias médicas de organización social (la división entre aptos y no aptos, fuertes y débiles), constituyen una razón suficiente para no tolerar la existencia de quienes pretender reproducir estas divisiones entre la oposición al capitalismo; de nada vale, la cláusula de que el débil mental “sin duda” no lo es por su culpa, los partidarios de la eugenesia tampoco creían que sus víctimas fueran responsables de su debilidad, ellos simplemente contemplaban a los pacientes como guisantes de Mendel.
Agresivo y violento, es hablar entonces con un autoritarismo de psiquiatra cruel, y arrogarse la capacidad de diagnosticar escalas de fortaleza psíquica. Sin embargo, nosotros no iniciamos elucubraciones interminables sobre la agresividad y la violencia (algo humano, ajeno en sí mismo a bondades y maldades, y que sólo cobra sentido en una manifestación concreta), sino que atacamos la crítica a la que se le aplican esas dos características. En este sentido, desarrollamos una capacidad teórica superior.
Las palabras de Berardi no merecerían nuestra reflexión, sino fuera porque pertenecen a un hilo que atraviesa la historia de la lucha de clases. Tanto ayer como hoy, los esquemas de poder y su lógica han conseguido reproducirse más o menos insospechadamente en el seno de los movimientos contestatarios. Lo que tratamos de hacer aquí, es fundar alguna de esas sospechas.
Podíamos perdernos en un sin fin de declaraciones al estilo de la comentada, sin embargo tan sólo vamos a citar una de las más lejanas en el tiempo que conocemos. De esta manera tendremos un primer y último paso en este recorrido de miseria intelectual que queremos denunciar. Se trata de la retórica desplegada por Diego Abad de Santillán contra los anarquistas expropiadores durante el segundo cuarto del siglo XX en Argentina. Abad de Santillán pertenecía al sector más legalista del anarquismo argentino, y desde la publicación donde trabajaba – La protesta – vilipendió sistemáticamente toda aquella actividad que se mantuviese ajena su línea. Siguiendo los trazos ya descritos, la argumentación contra la praxis violenta tenía por colofón dos conclusiones: o bien los sujetos que se criticaban trabajaban para el enemigo de la revolución, o bien dichos sujetos eran un hatajo de anormales y locos. Dos citas de Abad de Santillán hablando de Severino Di Giovanni - anarquista partidario del atraco, la falsificación de moneda y la acción directa contra sus enemigos y propiedades – servirán para mostrar del fenómeno que venimos criticando:
* “a) Puede ser un agente provocador del fascismo; b) Puede ser uno de esos instrumentos que la policía argentina suele tener a su disposición; c) Puede ser simplemente, un anormal. (...) De lo único que estamos seguros es que no tiene nada que ver ni espiritualmente ni sentimentalmente con el anarquismo.”
* “Podemos elevar bien alto la voz para clamar que los gestores y ejecutores de ese atentado (se refiere aquí Abad de Santillán al ataque con bomba que sufrió el Consulado italiano en protesta por los crímenes del régimen fascista) no pueden ser más que enemigos de la anarquía o anormales a quienes nosotros, en la sociedad futura, encerraríamos en un manicomio para tratar de curarlos.”
[Las posteriores andanzas del infame Abad de Santillán son desgraciadamente conocidas por el proletariado ibérico, al que traicionó cuando formando parte de los cuadros dirigentes de la CNT, durante la Guerra Civil entró en el juego institucional de formar un gobierno con el que la burguesía republicana y los mandos estalinistas ahogaron la revolución. Por otra parte, resulta irónico y triste a la vez, que este intelectual, una vez regresado a la península ibérica, encontrase entre las filas de su organización a los Ascaso o Durruti, a quienes en el pasado su periódico se encargó de clasificar como anarco-bandidos ajenos al impoluto ideal anarquista. La historia es nuestra mejor maestra, y deberíamos mirarla de frente más a menudo.]
Así pues, la recurrencia a la enfermedad mental cuando se trata de lanzar una crítica contra las acciones violentas, no es una mera anécdota ... se trata de un acto que puede ayudar decisivamente a fijar un rumbo determinado para la subversión. A los ojos de ésta, igual de contrarrevolucionaria será la violencia ejercida por las vanguardias militares y su activismo estéril para la guerra social, que la violencia que ejercen “los líderes” de la protesta al normalizar y restringir determinadas conductas juzgadas como no aprobables. Aquí es donde se ponen de manifiesto relaciones de poder que supuestamente no tienen lugar en el anticapitalismo: históricamente, un cierto número de cabezas visibles dentro de los movimientos antagonistas, se han sentido con el poder (lo cual indica que las bases no siempre han sido lo suficientemente rotundas y violentas con ellas) de sentenciar y juzgar los gestos y las acciones de quienes no han dado concesiones al orden establecido. Y para ello, se ha recurrido frecuentemente a la calumnia ... siendo – como ya hemos visto en un ejemplo – los violentos acusados de ser tontos, imbéciles, provocadores, locos, infiltrados ... lo que sea, pero siempre clasificados. Los jefes de la resistencia, al igual que en las películas, siguen decidiendo quienes son los buenos y quienes los malos, quien puede ser el traidor o la traidora, a la vez que se mantienen puros e incorruptibles. Son tecnócratas de la protesta, cerebros sin brazos con la capacidad tanto de emitir palabras duras, como de ser benevolentes. Un patrón de funcionamiento que a nadie le es desconocido.
Y siguiendo con la misma lógica del Estado, no sólo juzgan lo que ha sido hecho, sino lo que se es, lo que se será y lo que tan sólo puede ser. De esta manera, los juicios no sólo son de culpabilidad y sanción, incluyen también una recomendación, una enumeración de “buenos modales” para los sujetos que deciden formar parte de futuras luchas. Y así queda iluminado el camino, así se normalizan los modelos de conflictividad de manera tal que queden decididos de antemano, constriñendo no sólo la creatividad, sino también desterrando determinadas formas de actuar que ya se han estipulado como inaceptables.
Cuando la revuelta queda encauzada y la audacia se esfuma, la derrota ya se ha firmado. La normalización es el peor enemigo de nuestros deseos: ¡A hierro con los normalizadores!.

“El monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido”

“Ser conocido al margen de las relaciones espectaculares, eso equivale ya a ser conocido como enemigo de la sociedad”

“El anarquista no conoce tradición ni encasillamiento. No quiere ser requerido ni esclavizado por sus organismos. No es posible imaginárselo ni como
ciudadano ni como miembro de una nación. Las grandes instituciones – monarquías, iglesias, estados – le son ajenas y le parecen detestables. No es ni soldado ni trabajador. Si es lógico consigo mismo, tiene que rechazar también, y ante todo, al padre”

“No hay esperanza
sólo hay lucha permanente
esa es nuestra esperanza.
Esta es la primera frase
en el lenguaje de la locura.”