I.
Un señor por la radio dice, y su voz rezuma credibilidad, aunque parece molesto con alguien, y ese tonillo prepotente dice que ... habla de un libro, dice que la locura es debida a la imposibilidad de comunicarse.
Han cerrado la radio, han abierto las persianas, y otro señor serio con cara de saber mucho está sentado delante de mí. Yo quisiera decirle que es muy duro no poder hablar el mismo idioma que las demás, pero no se lo diré. No quiero, él no lo entendería, nunca dejaría de escribir, y luego consultaría sus notas con los libros que estudió en la universidad. No me gusta ser un objeto, y sinceramente, lo que más me apetece ahora es lanzarme sobre este señoritingo y arrancarle a mordiscos la yugular. Cada vez que me pregunta grito y pataleo, y si alguien se pasa de la raya, muerdo. Hace un rato tuvieron que llevarse a un celador que quiso hacerse el simpático, je, que gracioso era el chiquillo.
Los doctores tienen sus corbatas, sus maletines, sus gafas y todos sus títulos. Son sus señales largas y estrechas, sus límites. Sus rayas están en sus sueldos, en sus casas, en sus coches. Yo también necesito mi espacio, necesito respeto. ¿A qué vienen esas preguntas?, ¿acaso este pelele con título y no sé qué técnicas psiquiátricas sabe quién soy yo?, ¿acaso sabe hablar mi idioma?, ¿porqué?. No me mires así hijo puta, no me mires así hijo puta ... ¿no trata de entenderme?. Yo le entiendo a él de sobra. No me mires así que te vas a arrepentir. No, sí, mírame así, mírame, alimenta la caldera, bonito, simpático. Y lo que veo no me gusta. No me gusta ese tonillo que utiliza cuando coge su pluma estilográfica. Su pluma estilográfica con punta de acero que su mujer le regaló el pasado 14 de febrero. Ja,ja,ja ... cómo nos vamos a reír tú y yo dentro de un rato, precioso, figurín. Sólo sabes sentarte delante de mí y observarme, escoltado por tus dos celadores y por las correas que me obligan a abrazar este cuerpo que no para de vibrar. Y las correas chirrían cada vez más, y más irritadas. Estoy hasta el gorro de esta gente.
También me desquicia cada vez más mi madre, sólo a veces, cuando me ve muy mal, viene y me acaricia, me acaricia, me quiere, me ... pero no, luego siempre sale con excusas, y me engaña, y llama por teléfono y me traen aquí, y encima pide que me deje llevar sin violencia. ¿Y qué son estas camisas?, ¿y qué son estas paredes?, ¿esta mierda de doctor con ojos de cristal roto?, ¿cómo me pide que me porte bien, cuando me arrastran a estos cuartos con colchones en las paredes, y me dejan horas y horas sin compañía?.
La mirada mía es dulce ahora, sí doctor, la pongo así para que se confíe. Cree usted que no soy capaz de entender todas sus palabras, todas las palabras de su graciosa majestad, y por eso, para dármelo todo masticado, suaviza los términos más técnicos, los más horribles quedan semiocultos. Tú crees que me estoy calmando, que me estás llevando por el camino de la recuperación. Estás convencido, de que por aprobar tus cursos con notables o matrículas sabes más que yo. Incluso te crees capaz de meter tus narices a dentro mío y ayudarme a fuerza de husmear. Ayúdate primero a ti, tal vez entonces pudiéramos hablar.
Hablar. Mamá es más sincera, sabe que lo entiendo todo y que además entiendo otras muchas cosas. Cosas que ellos nunca se atreven a nombrar, intentan matarlas con su silencio. Por eso, porque me conoce, mi madre es sincera, y a veces es tierna. No intenta engañarme, pero le han comido la bola como intentaron hacer conmigo en el colegio. Al principio me costó salir de mi sorpresa al comprobar que las demás se dejaban entrar en la lavadora. Luego ya entendí que la cobardía es, para la inmensa mayoría, más persuasiva que la lucidez. Mamá también es débil, prefiere entregar a sus hijos en lugar de tratar de entenderlos. Como el otro día, cuando yo no paraba de gritar, porque si paraba se me comía ese ruido que a veces me visita y destruye toda la tranquilidad que a duras penas puedo construir. Ella fue quien llamó a los de la bata blanca, ella consiguió su tranquilidad a cambio de mandarme lejos, y yo me dediqué entonces a romper huesos y a lanzar mis dedos tensos sobre los ojos de los celadores ... dios, qué gozada.
En el colegio, mis compañeras leían el libro que les mandaban. Sí, sólo ese, no veían otras opciones. Yo lo leía si me apetecía, o me leía otro que trataba el mismo tema pero que olía diferente, y por tanto suspendía. Al principio me resultó curioso, luego me pareció simplemente una carbonada.
¿Intentas excavar en mi mente doctorzuelo?. No lograrás carcomer mi conciencia, porque pronto verás la estilográfica muy cerca de tus ojos. Tomaré apuntes como los tuyos en la facultad, esos apuntes que estoy seguro eran mono direccionales, únicos, escritos al dictado. Yo también sé tomar apuntes, y quiero que los veas, quiero que no pierdas detalle cuando la tinta azul se transforme en sangre roja. Pronto o tarde, cuando te confíes al ver mis gestos suaves, el semblante aparentemente tranquilo, y al fin mis ojos sean como los de la abeja maya, ebria de miel. Entonces, sí, entonces descubriremos juntos lo fácil que es hacer magia, lo cerca que está el azul del rojo, el ver del no ver, la lágrima del ácido. Iremos juntos a mi colegio, allí te enseñaré como se siente alguien cuando tratan de arrancarle los ojos y ponerle a cambio unas gafas de sol. Y te las meten sin importar si está nublado, si es de noche, si hay niebla, o ... Sí, será divertido. Será como volver a la niñez. Sí señor doctor, no tenga miedo, no duele. Eso es lo que decían, que no duele.
II.
El mundo del esquizofrénico, confunde en una sola experiencia lo que se mantiene cuidadosamente separado en el homo normalis. El homo normalis, bien adaptado, se compone exactamente del mismo tipo de experiencias que el esquizofrénico. La psiquiatría profunda no deja dudas al respecto. El homo normalis difiere del esquizofrénico sólo en que estas funciones están ordenadas en otra forma, es un comerciante o empleado o profesional bien adaptado, consciente de la sociedad. Durante el día, superficialmente
se le ve ordenado, vive sus impulsos secundarios, perversos, cuando abandona su hogar y su oficina para visitar alguna ciudad alejada en ocasionales orgías de sadismo y promiscuidad. Esta es la capa intermedia en su existencia, clara y definitivamente separada del estrato superficial. Cree en la existencia de un poder sobrenatural personal y en su opuesto, el diablo y el infierno. (...). Homo normalis no cree en dios cuando concierta algún negocio particularmente hábil, hecho que los sacerdotes califican de pecaminoso en sus sermones dominicales. Homo normalis no cree en el diablo cuando fomenta alguna causa científica, carece de perversiones cuando es el apoyo de su familia, y olvida mujer e hijos cuando deja en libertad al diablo en un burdel.
Existen psiquiatras que refutan la veracidad de estos hechos, otros no lo refutan, pero dicen que así son las cosas, que este tipo de clara separación entre infierno diabólico y estrato social es sólo para bien, y posibilita la seguridad del funcionamiento social. Pero el auténtico creyente en el verdadero Jesús podría oponerse a esto, podría decir que el dominio del diablo debe ser aniquilado, y no dejarlo a un lado, aquí, sólo para permitirle aparecer más allá. Otra mentalidad ética podría objetar a esto, que la verdad de la virtud no se muestra en la ausencia de vicio, sino en la resistencia a las tentaciones del diablo. No deseo tomar parte en esta controversia, creo que, otra vez dentro de este marco de pensamiento y de vivir, cada uno de los bandos puede jactarse de alguna verdad. Queremos permanecer fuera de este círculo vicioso a fin de comprender al diablo tal y como aparece en la vida diaria y en el mundo del esquizofrénico.
Lo cierto es que el esquizofrénico en general es mucho más honesto que el homo normalis, si aceptamos la derechura de expresión como inicio de honestidad. Todo buen psiquiatra sabe que el esquizofrénico es honesto hasta el punto de la molestia, también es lo que comúnmente se llama profundo, es decir: está en contacto con los acontecimientos. La persona esquizofrénica ve a través de la hipocresía y no la oculta, posee una excelente aprensión de las realidades emocionales en marcado contraste con el homo normalis. Subrayo esta característica esquizofrénica, a fin de que resulte comprensible porqué el homo normalis odia tanto la mentalidad del esquizofrénico. La validez objetiva de esta superioridad del juicio esquizoideo se manifiesta en forma bien práctica. Cuando deseamos llegar a la validez de los hechos sociales estudiamos a Ipsen a Nietzsche, ambos enloquecieron, y no los escritos de algún diplomático bien adaptado o las resoluciones de los congresos del Partido Comunista. Encontramos el carácter ondulatorio y el azul de la energía orgánica en las maravillosas pinturas de Van Gogh, y no en ninguno de sus bien adaptados contemporáneos. Encontramos las características esenciales del carácter genital en los cuadros de Gauguin, y no en la pintura del homo normalis. Tanto Van Gogh como Gauguin terminaron psicóticos. Y cuando deseamos aprender algo acerca de las emociones humanas y de las experiencias humanas profundas, recurrimos como seres humanos al esquizofrénico y no al homo normalis. Ello se debe a que el primero nos dice con franqueza lo que piensa y lo que siente, mientras el homo normalis nada nos dice y nos obliga a excavar años enteros antes de sentirse dispuesto a mostrar su estructura interna. Por consiguiente, mi afirmación de que el esquizofrénico es más honesto que el homo normalis, parece correcta. Al parecer se trata de un estado de cosas bien tristes, debiera ser a la inversa, si el homo normalis es realmente normal como lo pretende, si sostiene que la autorrealización y la verdad son las metas más elevadas del bien individual y de la vida social, debiera ser mucho más capaz que el loco, y más dispuesto a manifestarse a sí mismo. Debe haber algo básicamente erróneo en la estructura del homo normalis, si es tan difícil obtener de él la verdad. Declarar, como lo hacen los psicoanalistas bien adaptados, que es como debe ser, porque de otra manera le sería imposible resistir el impacto de todas sus emociones, equivaldría a una completa resignación respecto al mejoramiento del destino humano.
III. EL FUNAMBULISTA
Normalmente, cuando alguien como yo se empeña en meter sus pies en unas zapatillas de bailarín, inevitablemente se hinchan y su sangre se comprime. La única solución en ese caso, es encerrar tus empeines en un montón de vendas y cinta aislante. Por motivos de estética, mejor esconderlos tras unos calentadores.
Cuando uno tiene la sensación de estar jugándose la vida, lo normal es ponerse nervioso, y el ritmo del corazón se multiplica. Yo no puedo tragar ni la saliva. Ayer lo intenté mientras subía por las escalerillas que unen la pista central con la plataforma de equilibrios, los espectadores me miraban desde todas partes impacientes, mientras uno de los payasos se despedía entre risas. Desde que se encendió el foco y comencé a deslizar mis pies por el hilo de alambre, sabía que algo iba a suceder. Estaba descentrado, no lograba fijar mi mente en un punto fijo, enlacé unas zancadas casi por casualidad. Al llegar a la mitad de la actuación, la barra de grafito se convirtió en un estorbo y la tiré. Empecé a tambalearme entre carcajadas, cometí un error: no pude evitar mirar al suelo. El público babeaba por ver cómo me caía, entre ellos mi familia y mis amigos. Hice realidad sus sueños y fantasías, y me precipité entre gemidos y aplausos por los 25 metros que me separaban de mi público.
A pesar de todo, intenté levantarme, pero un montón de gente empezó a rodearme. Pronto llego mi madre, y la verdad es que me sentí muy aliviado. Pero entre ella y Julia, la malabarista, colocaron sobre mi pecho una tabla de chapa. Lo que antes era mi público se convirtió en mi carcelero. La gente hacía cola durante horas para verme y amontonar sobre la tabla toneladas de basura, juguetes bélicos y alguna bicicleta estática.
Y ahora que no puedo moverme y apenas respiro, te prometo que si algún día logro desprenderme de todo esto, no perderé el tiempo en otra cosa que no sea enamorarme de ti.
“¡Oh, cuántos problemas se presentan en los senderos de mi joven existencia, trastornada por miles de torbellinos del mal!. No obstante el ángel de mi mente me ha dicho tantas veces que sólo en el mal está la vida. Y yo vivo plenamente mi vida. El signo de mi existencia se ha perdido en eso: ¿en el mal?. El mal me hace amar al más puro de los ángeles. ¿Hago yo acaso el mal? ¿Pero es esa mi guía? En el mal está la afirmación más alta de la vida. ¿Y estando en él estoy equivocado? ¡¿Oh, problema ignoto, porqué no te resuelves?!”
Severino Di Giovanni*
[Carta a su amada, América Scarfo. 22 de Octubre de 1928.]
*Anarquista italiano exiliado en Argentina, editor y activista que fue firme partidario del uso de la acción directa contra personas y propiedades en el camino de la revolución.
Este hecho social, la clase, no aparece con una evidencia inmediata y simple. Otros hechos sociales la disimulan y enmascaran y, por ello precisamente, las clases adquieren progresivamente conciencia de sí. La misma clase obrera adquiere conciencia de clase en el curso de las duras pruebas que sufre. No está excluido que, en ciertas condiciones históricas, esta conciencia pueda degradarse o oscurecerse (la clase obrera alemana bajo el hitlerismo parece haber dado un triste ejemplo de ello). No estando ni pudiendo estar aislados, los individuos siempre tienen un papel y función definidos en la división del trabajo (es decir, en la organización de la sociedad, en la que cada miembro cumple su propia función, más o menos especializada y necesaria para el conjunto). Los individuos que se encuentran en las mismas condiciones de existencia forman una clase. Al principio, sobre todo cuando se forma una clase, los individuos que la constituyen pueden no saberlo, bien porque sigan todavía separados (como los “burgueses” en las pequeñas ciudades rivales, durante la edad media), bien porque se hagan la competencia (como los obreros que buscan trabajo antes de estar organizados y a veces incluso después de estarlo). “Los individuos sólo constituyen una clase en su lucha común contra otra clase”, esta lucha, que se les impone por sus condiciones de existencia, refuerza la clase y la revela a sí misma. “En lo demás, se enfrentan como enemigos en la concurrencia” (La ideología alemana, K. Marx). Esta concurrencia enmascara y puede disimular en todo momento la realidad de clase, tendiendo a paralizar la conciencia de clase. Esta “conciencia de clase” no es, pues, un dato inicial, una conciencia colectiva. Supone la existencia objetiva de la clase y de sus luchas, su organización como tal y, finalmente, la de los elementos teóricos o ideológicos.
Dicho de otra manera: la clase no es una realidad hecha de una vez para siempre, inmediatamente comprobable, simple. Sólo la teoría de las clases permite comprender la realidad social, lo que ocurre a nuestro alrededor. En la sociedad moderna, las clases no son visibles de modo inmediato. La sociedad en la que las clases quedan indicadas mediante signos exteriores (como eran en otro tiempo el caballo y la espada de la nobleza) es una sociedad de casta, forma particular y cristalización de una sociedad dividida en clases. Bajo la aparente monotonía de la vida social, bajo las vestimentas y los revestimientos, la mirada atenta discierne hoy las clases: pequeños burgueses y burgueses, obreros, etcétera. Pero, para llegar a esta realidad y definirla hay que levantar un velo; las rivalidades entre los individuos, los múltiples sentimientos que sólo los vinculan oponiéndolos los unos a los otros, a menudo disimulan al observador y a ellos mismos la clase de que forman parte. Más aún: en la sociedad actual se desarrollan un conjunto de apariencias que engañan al observador superficial, voluntariamente embaucado. Por numerosas razones objetivas, esta sociedad aparece como un continuo social, como un apilamiento de “estratos”. Las clases simulan desaparecer. Y con esta ilusión juegan aquellos que, para la defensa de los intereses de la clase dominante, niegan la existencia de la clase o de las clases dominadas, o de las clases en general, y en la práctica luchan por dispersarlas en individuos, en grupos concurrentes, y por paralizar su conciencia de clase.
La clase no es algo hecho de una vez para siempre, no es una realidad estática, dada; como tampoco lo es la conciencia de clase. Por un lado, la clase tiende a adquirir una realidad autónoma frente a los individuos, de modo que éstos, al encontrar ya hechas sus condiciones de existencia, ven cómo se les “asigna por su clase, su posición social y su desarrollo personal, a los que quedan subordinados” (ibid.); pero, por otro lado – y al mismo tiempo – el individuo puede distinguirse siempre de su clase, siempre puede oponerse a ella, e incluso a toda la sociedad. Y dentro de una clase nunca cesa la concurrencia entre los individuos, la tendencia a la dislocación de la realidad y de la conciencia de clase.
Las clases no están inmóviles ni son eternas. Antes de la constitución de las clases – en un grado de desarrollo inferior – hubo una sociedad sin clases (lo cual no quiere decir sin desigualdades individuales): la comunidad natural o primitiva, cuyo oscuro recuerdo ha dejado en las leyendas la nostalgia de la “edad de oro”. (Aunque esta comunidad natural se fundase en la pobreza general, la debilidad humana ante la naturaleza y la indiferenciación del individuo, el género humano ha experimentado desde entonces tantos sufrimientos a costa de la realidad de las clases y de la lucha de clases, que esta miseria primitiva le ha dejado una nostalgia tenaz). Además, las clases desaparecerán porque “se ha formado una clase que ya no tiene ningún interés especial de clase que hacer prevalecer contra la clase dominante” (ibid.) y que, por tanto, liberará la sociedad.
Este esbozo de la teoría de clases muestra la complejidad de los hechos, su mutuo entrelazamiento. El materialismo histórico muestra la acción de las clases en la historia y las consecuencias de sus luchas. Y no por ello niega a los individuos; al contrario, muestra en las clases el resultado conjunto de las actividades individuales, aunque, por otro lado, la relación de estas actividades – la concurrencia- tienda a disimular y disolver el conjunto, el grupo social.
No hay nada más complejo, pues, que la relación entre el individuo y la clase. Ora el individuo, egoístamente, se pone en primer lugar y tiende a disolver a su clase o a sustituir los intereses de su clase por sus intereses “privados”. Ora se confunde con las conductas medias, banales, corrientes, con lo hábitos de las gentes de su clase, conductas que se le imponen y que ciertos sociólogos llaman “las costumbres”. Ora el individuo, emergiendo por encima de estas hábitos y conductas medias, muestra un desinterés (individual) supremo, entregándose por completo a los intereses superiores de su grupo, de su clase (que, con razón o sin ella, para él se identifica casi siempre con las sociedad, la nación, la humanidad actual o futura).
(...) Para vivir en plan individualista y reproducir o aceptar pasivamente todas las conductas de su clase, un comerciante o industrial no tienen más que dejarse llevar por sus condiciones de existencia. Individualmente hablando, el comerciante o el industrial “es” propietario, poseedor de un capital. Es burgués aquel que habiendo nacido tal acepta, pura y simplemente, las condiciones de existencia de la burguesía. El individuo burgués no escoge, no se adhiere a una idea: se deja llevar por la vida tal como se le presenta, tal como es para él. Acepta ideas ya hechas: las de su clase, aunque pueda reservarse oscuramente un “sector personal” más “humano”, más libre; pero vano y estrictamente “privado”.
En cambio, el proletario sólo llega a ser consciente de su clase cuando se eleva por encima de las condiciones actuales de existencia de ésta. Esto no quiere decir que se salga de ella, que se “desclase” – lo que, por lo demás, constituye para él una especie de tentación – sino que debe haber realizado ciertos actos de lucha o haber comprendido ciertas nociones de economía política y de historia para conocer su propia vida y su propia clase. En el régimen capitalista, las condiciones de existencia del proletariado tienden a hacer de él, como individuo, una rueda de una mecanismo sin conciencia. Como proletario, no puede tomar conciencia de sí mismo sin haberse alejado mentalmente de la vida actual del proletariado y sin comprender – o al menos presentir – la misión histórica de aquél. (...) La conciencia de clase del proletariado va ligada, de este modo, a la superación del proletariado como clase y, por consiguiente, a un ideal humano. El individuo proletario sólo se capta como individuo y como miembro de su propia clase comprendiendo la independencia de su propia clase frente a la clase burguesa, captándose como ser humano, solidario
de lo humano en general y de su futuro. Esto es lo que define la situación del individuo proletario y de la clase obrera en el mundo actual. Es la situación más dolorosa de todas: pocas contradicciones son tan tenazmente desgarradoras y más fecundas a la vez que la “contradicción entre la personalidad del proletario individual y las condiciones de vida que le son impuestas” (ibid.). Vemos, pues, que la individualidad del proletariado consiente de sí mismo es más alta y más libre que la del no-proletario, pero también más dolorosa, más difícil de conquistar y de conservar.
“En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en el encuentro, la destrucción de las fuerzas enemigas que se nos oponen es el medio para el logro del fin. Esto es así, aunque en realidad no llegue a producirse el encuentro, ya que, de cualquier modo, en la raíz de la decisión está el supuesto de que tal destrucción debe ser considerada sin lugar a duda. De este modo, la destrucción de las fuerzas del enemigo es la piedra fundamental de todas las combinaciones que descansan sobre ella, al modo de arco que descansa sobre sus pilares. Consecuentemente, todas las acciones se realizan sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas se produjera en los hechos, habría de ser una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas es en todas las operaciones grandes y pequeñas lo que el pago al contado en las transacciones comerciales. Por más remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara vez se produzcan, al final deben realizarse.
i la decisión por las armas está en la base de todas las combinaciones, resulta que nuestro oponente puede hacer impracticable cualquiera de ellas, mediante una decisión sobre la cual descansa directamente nuestra combinación, sino también por medio de cualquier otra, siempre que tenga suficiente importancia. Toda decisión armada de importancia, es decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo, reacciona sobre todas las que le precedieron, ya que, como un líquido, tiende a alcanzar su nivel.
De esta manera, la destrucción de las fuerzas enemigas aparece siempre como el medio superior y más eficaz, al que deben ceder su puesto todos los demás.
Sin embargo, solamente podremos asignar mayor eficacia a la destrucción de fuerzas del enemigo cuando exista una supuesta igualdad en todas las otras condiciones. Sería, por lo tanto, un gran error llegar a la conclusión de que un ataque ciego habría de imponerse invariablemente a la destreza prudente. Atacar sin habilidad conduciría no a la destrucción de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras y, por ende, no puede ser este nuestro propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin realizado con el otro.”
Desde ya algunos meses, había quienes estábamos interesados en ahondar en el binomio que constituyen enfermedad mental – violencia dentro de los ámbitos “antagonistas”. En principio, los intereses eran personales y no se pretendía escribir nada al respecto, sin embargo unas pocas líneas desataron cierta mala ostia entre nosotros y hemos creído oportuno redactar unos breves párrafos.
El texto que actuó a modo de detonante, fue “Qué hacer de la violencia que llevamos dentro” firmado por Franco Berardi y publicado por Maldeojo (n-2, abril 2001). Realmente es difícil hacer semejante ejercicio de simplificación y estupidez, y el resultado final – como no podía ser de otra manera – es un vacío que nada dice. Sin embargo, no es nuestro cometido el analizar aquí ni este “documento”, ni la revista que lo ha editado. Sencillamente nos quedamos con una de las líneas argumentales del texto, que es la que servirá de punto de partida a nuestra crítica, y que por sí misma provoca nuestro menosprecio hacia autor y publicación ...
En el patético y simplista discurso de Franco Berardi se alcanza la siguiente conclusión: “Naturalmente, en todo episodio colectivo se agitan emociones, debilidades, rencores y reactividades largamente reprimidas. Naturalmente, aquell@s que son psíquicamente más débiles (sin duda, no por su culpa) tienden a moverse de un modo agresivo, a exhibir el propio ego reprimido de forma violenta”. Aparte de lo ya engañoso del “naturalmente” (nos encontramos ante uno de los profundos análisis expuestos en el “cuaderno de crítica social” que es Maldeojo: la razón de una conclusión es la apelación a lo “natural” ...) con que se abre la cita, y del lenguaje freudiano-casposo (ego y represión ...) utilizado, podemos desvelar la defensa de una posición tan preocupante como repetitiva en la historia de las luchas sociales. El autor de este texto se declara a sí mismo como no – violento, afirmación que puesta en relación con las dos frases citadas con anterioridad, nos lleva a concluir que este tipo – así como sus compinches teóricos – es “psíquicamente más fuerte”. Y exponiendo esto, no creemos que nos salgamos del guión por él mismo creado: si hay débiles mentales, es porque hay fuertes, y si los débiles son violentos, los fuertes no lo serán. A parte de
toda la mierda que pudiésemos sacar de aquí (pues es evidente que los sujetos con mayor fortaleza psíquica, estarían mejor capacitados para acometer la lucha por el cambio social), el artículo nos ofrece al menos una infamia más: se trata de hacer creer, que “quien siente simpatía por la violencia se muestra por lo general proclive a la traición”. Y así, se ha completado la siguiente escalera de razonamientos: débil mental - (lleva a) - sujeto partidario de las acciones violentas – (que a su vez lleva a ) - traidor y chivato.
Aquí es donde queríamos llegar, la eterna discusión sobre la violencia en el seno de los movimientos – presumiblemente – antagonistas, suele desembocar en puntos muertos donde quienes la repudian tratan de concluir sus argumentaciones recurriendo a la locura (o este caso, a un término más sutil y manipulable como es la debilidad mental). Esta táctica desautoriza de por sí todas sus argucias teóricas, y pone de manifiesto que la violencia no es un tema que se pueda afrontar desde una posición tan absolutista y banal, como es la que pretende otorgarle una definición cerrada, para posteriormente negarla en el camino de la lucha anticapitalista. Desterrar la violencia es tan estúpido como santificarla, y es no entender nada acerca de la naturaleza y el ser humano (que son dos realidades violentas, nos guste o no).
El hecho de que alguien que está por el “cambio social”, escriba en una revista de “crítica social” utilizando un lenguaje de jodido portavoz del movimiento eugenésico del estado de Virginia a comienzos del siglo XX, debiera darnos que pensar. Como nosotros – en tanto que seres humanos – nos reconocemos potencialmente violentos, advertimos, que de la misma manera que estamos contra todos aquellos que tratan - mediante diagnósticos, tests y otras tecnologías científicas - de establecer una medida para hombres y mujeres, también lo estamos de quienes se apoyan en sus juicios y vocabulario para atacar acciones que se les escapan de las manos. Si quieren refutar acciones, que construyan una crítica sólida, y que dejen de recurrir a algo tan doloroso como la debilidad mental. Un término que fue acuñado por el francés Binet en sus intentos de otorgar calificaciones numéricas a la inteligencia de los individuos, y posteriormente recogido por el norteamericano Goddard, quien construyó sobre él todo un sistema de esterilizaciones e internamientos forzosos a principios del siglo pasado (y que dicho sea de paso, sirvió de inspiración al nacionalsocialismo alemán). Las víctimas pasadas y presentes de las estrategias médicas de organización social (la división entre aptos y no aptos, fuertes y débiles), constituyen una razón suficiente para no tolerar la existencia de quienes pretender reproducir estas divisiones entre la oposición al capitalismo; de nada vale, la cláusula de que el débil mental “sin duda” no lo es por su culpa, los partidarios de la eugenesia tampoco creían que sus víctimas fueran responsables de su debilidad, ellos simplemente contemplaban a los pacientes como guisantes de Mendel.
Agresivo y violento, es hablar entonces con un autoritarismo de psiquiatra cruel, y arrogarse la capacidad de diagnosticar escalas de fortaleza psíquica. Sin embargo, nosotros no iniciamos elucubraciones interminables sobre la agresividad y la violencia (algo humano, ajeno en sí mismo a bondades y maldades, y que sólo cobra sentido en una manifestación concreta), sino que atacamos la crítica a la que se le aplican esas dos características. En este sentido, desarrollamos una capacidad teórica superior.
Las palabras de Berardi no merecerían nuestra reflexión, sino fuera porque pertenecen a un hilo que atraviesa la historia de la lucha de clases. Tanto ayer como hoy, los esquemas de poder y su lógica han conseguido reproducirse más o menos insospechadamente en el seno de los movimientos contestatarios. Lo que tratamos de hacer aquí, es fundar alguna de esas sospechas.
Podíamos perdernos en un sin fin de declaraciones al estilo de la comentada, sin embargo tan sólo vamos a citar una de las más lejanas en el tiempo que conocemos. De esta manera tendremos un primer y último paso en este recorrido de miseria intelectual que queremos denunciar. Se trata de la retórica desplegada por Diego Abad de Santillán contra los anarquistas expropiadores durante el segundo cuarto del siglo XX en Argentina. Abad de Santillán pertenecía al sector más legalista del anarquismo argentino, y desde la publicación donde trabajaba – La protesta – vilipendió sistemáticamente toda aquella actividad que se mantuviese ajena su línea. Siguiendo los trazos ya descritos, la argumentación contra la praxis violenta tenía por colofón dos conclusiones: o bien los sujetos que se criticaban trabajaban para el enemigo de la revolución, o bien dichos sujetos eran un hatajo de anormales y locos. Dos citas de Abad de Santillán hablando de Severino Di Giovanni - anarquista partidario del atraco, la falsificación de moneda y la acción directa contra sus enemigos y propiedades – servirán para mostrar del fenómeno que venimos criticando:
* “a) Puede ser un agente provocador del fascismo; b) Puede ser uno de esos instrumentos que la policía argentina suele tener a su disposición; c) Puede ser simplemente, un anormal. (...) De lo único que estamos seguros es que no tiene nada que ver ni espiritualmente ni sentimentalmente con el anarquismo.”
* “Podemos elevar bien alto la voz para clamar que los gestores y ejecutores de ese atentado (se refiere aquí Abad de Santillán al ataque con bomba que sufrió el Consulado italiano en protesta por los crímenes del régimen fascista) no pueden ser más que enemigos de la anarquía o anormales a quienes nosotros, en la sociedad futura, encerraríamos en un manicomio para tratar de curarlos.”
[Las posteriores andanzas del infame Abad de Santillán son desgraciadamente conocidas por el proletariado ibérico, al que traicionó cuando formando parte de los cuadros dirigentes de la CNT, durante la Guerra Civil entró en el juego institucional de formar un gobierno con el que la burguesía republicana y los mandos estalinistas ahogaron la revolución. Por otra parte, resulta irónico y triste a la vez, que este intelectual, una vez regresado a la península ibérica, encontrase entre las filas de su organización a los Ascaso o Durruti, a quienes en el pasado su periódico se encargó de clasificar como anarco-bandidos ajenos al impoluto ideal anarquista. La historia es nuestra mejor maestra, y deberíamos mirarla de frente más a menudo.]
Así pues, la recurrencia a la enfermedad mental cuando se trata de lanzar una crítica contra las acciones violentas, no es una mera anécdota ... se trata de un acto que puede ayudar decisivamente a fijar un rumbo determinado para la subversión. A los ojos de ésta, igual de contrarrevolucionaria será la violencia ejercida por las vanguardias militares y su activismo estéril para la guerra social, que la violencia que ejercen “los líderes” de la protesta al normalizar y restringir determinadas conductas juzgadas como no aprobables. Aquí es donde se ponen de manifiesto relaciones de poder que supuestamente no tienen lugar en el anticapitalismo: históricamente, un cierto número de cabezas visibles dentro de los movimientos antagonistas, se han sentido con el poder (lo cual indica que las bases no siempre han sido lo suficientemente rotundas y violentas con ellas) de sentenciar y juzgar los gestos y las acciones de quienes no han dado concesiones al orden establecido. Y para ello, se ha recurrido frecuentemente a la calumnia ... siendo – como ya hemos visto en un ejemplo – los violentos acusados de ser tontos, imbéciles, provocadores, locos, infiltrados ... lo que sea, pero siempre clasificados. Los jefes de la resistencia, al igual que en las películas, siguen decidiendo quienes son los buenos y quienes los malos, quien puede ser el traidor o la traidora, a la vez que se mantienen puros e incorruptibles. Son tecnócratas de la protesta, cerebros sin brazos con la capacidad tanto de emitir palabras duras, como de ser benevolentes. Un patrón de funcionamiento que a nadie le es desconocido.
Y siguiendo con la misma lógica del Estado, no sólo juzgan lo que ha sido hecho, sino lo que se es, lo que se será y lo que tan sólo puede ser. De esta manera, los juicios no sólo son de culpabilidad y sanción, incluyen también una recomendación, una enumeración de “buenos modales” para los sujetos que deciden formar parte de futuras luchas. Y así queda iluminado el camino, así se normalizan los modelos de conflictividad de manera tal que queden decididos de antemano, constriñendo no sólo la creatividad, sino también desterrando determinadas formas de actuar que ya se han estipulado como inaceptables.
Cuando la revuelta queda encauzada y la audacia se esfuma, la derrota ya se ha firmado. La normalización es el peor enemigo de nuestros deseos: ¡A hierro con los normalizadores!.
“El monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido”
“Ser conocido al margen de las relaciones espectaculares, eso equivale ya a ser conocido como enemigo de la sociedad”
“El anarquista no conoce tradición ni encasillamiento. No quiere ser requerido ni esclavizado por sus organismos. No es posible imaginárselo ni como
ciudadano ni como miembro de una nación. Las grandes instituciones – monarquías, iglesias, estados – le son ajenas y le parecen detestables. No es ni soldado ni trabajador. Si es lógico consigo mismo, tiene que rechazar también, y ante todo, al padre”
“No hay esperanza
sólo hay lucha permanente
esa es nuestra esperanza.
Esta es la primera frase
en el lenguaje de la locura.”